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Columna publicada el 23-04-2001
El paso de Bush por Quebec con su pequeño ejército de 400 asesores, ayudantes y cuerpo de seguridad, sirvió para que muchos mandatarios hispanoamericanos conocieran una faceta del nuevo presidente de los gringos que ellos ignoraban: su sentido del humor. En privado, se trata de una persona afable, graciosa, contadora de chistes y anécdotas, con un talento que también poseía Clinton: hace sentir al interlocutor como si fuera el ser humano más importante del mundo.
En uno de esos momentos de distensión en los que se rompió el protocolo -relata uno de los periodistas que asistió al evento-, un presidente centroamericano le preguntó por la confusa batalla electoral de la Florida, y por el reciente informe de varios periódicos de ese Estado que confirmaban su triunfo, pero con una cantidad aún menor de votos de la que arrojaban los resultados oficiales. Bush se quedó pensando y dijo algo así: "en efecto, fue una victoria casi milagrosa, pero tal vez no por unas cuantas docenas de electores que me prefirieron a mi antes que a Gore, sino por un solo elector, Elián, el niño cubano devuelto por Clinton a las manos de Castro hace ahora un año".
Luego explicó las consecuencias de ese gesto: en las elecciones anteriores los cubanos avecindados en Florida habían votado 60% por los republicanos y 40% por los demócratas. En las últimas, indignados por la actuación de la Casa Blanca en el asunto de Elián, las proporciones cambiaron: un 82% de los cubanos respaldó a Bush y un 18% a Gore. Es decir, los republicanos recibieron unos 60 000 votos extra de cubanos afiliados o simpatizantes del Partido Demócrata que deseaban castigar a la administración de Clinton-Gore. Fue este trasvase de electores el que colocó a Bush a la cabeza de Estados Unidos.
"La ironía -añadió uno de los participantes en la pequeña tertulia- es que a lo mejor no lo eligió ni siquiera Elián, sino el propio Fidel Castro, que se empeñó en convertir el regreso del niño en una batalla política, objetivo que consigió, pero a un costo que no se esperaba: situar en la Casa Blanca a su peor enemigo y potenciar la fuerza de los exiliados en Florida. Nunca han tenido más peso en Washington que ahora". Parece que Bush sonrió y, siempre muy religioso, dijo eso de que "Dios a veces escribe derecho con renglones torcidos".

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