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Columna publicada el 12-09-2000
Sorpresivamente, de un infarto demoledor, el día 9 de septiembre, Carlos Castillo Peraza murió en Alemania, a donde había acudido a dictar unas conferencias sobre México. Tenía 55 años, había nacido y pasado su infancia en Mérida, Yucatán -que es otra manera de entender la historia de México-, y era uno de los más lúcidos y cultos periodistas de su país. Hace poco más de un año había renunciado a la presidencia del PAN, y hace menos de tres era la cabeza política e ideológica de esa fuerza de centro derecha. Entonces se le tenía como presidenciable, y para franquear esa puerta aspiró a la gobernación del Distrito Capital. Si hubiera ganado -triunfó Cárdenas- se hubiese convertido en el candidato del PAN frente a Labastida, y probablemente habría tenido el honor de sacar al PRI del poder tras siete décadas de hegemonía. Pero perdió, y Fox llevó a cabo la tarea que Castillo Peraza debió ejecutar.
¿Por qué perdió? Según el analista Julio Ligorría, tal vez porque le sobraba inteligencia y se le notaba demasiado. Tal vez, porque se sentía más cómodo escribiendo ensayos o artículos que en interminables reuniones políticas con gentes escasamente interesantes. Seguramente, porque su campaña fue desastrosa: partió con veinte puntos de ventaja y acabó en tercer lugar. Después de esa derrota, convencido de que su gremio era el de los escritores e intelectuales y no el de los políticos, abandonó la presidencia del partido y se dedicó a escribir furiosamente.
Estoy seguro de que el presidente Zedillo, cuando supo la noticia, tragó en seco: si Castillo Peraza hubiera sido el ganador de las elecciones, y hubiera muerto de un infarto antes de tomar posesión, nadie en México hubiera creído en la azarosa inocencia de ese suceso. Carlos hubiera descansado en paz. Zedillo no.

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