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Columna publicada el 13-04-2003
Castro une a exiliados y a adversarios políticos españoles
Eran unos cuantos centenares de manifestantes. Los había españoles y cubanos. Se sentían unidos por la indignación y por la solidaridad, acrecentadas en las últimas horas tras conocerse el fusilamiento de tres jóvenes acusados de intentar secuestrar una embarcación. Entre los cubanos era posible distinguir a todas las familias políticas democráticas: liberales, socialdemócratas, conservadores. Había jóvenes y viejos; exiliados de muchos años y recién llegados.
Los lemas eran los predecibles: “¡Castro, asesino!”, “¡No a la pena de muerte!”, “¡Libertad para Cuba!”. También los coreaba una francesa afónica que gritaba el español admirablemente. Me lo dijo con gran convicción: “llevo una semana chillando contra la guerra de Irak, así que me pareció razonable venir a acompañar a los cubanos”.
Era la excepción. Los cubanos y los españoles hubieran querido una mayor presencia de “famosos”. De los mismos famosos que pedían a gritos el fin de la intervención en Irak. Pero no estaban. Sin embargo, los medios de comunicación, unánimemente, coincidían en condenar la barbarie represiva de Castro. También los partidos políticos. El dictador cubano había logrado algo insólito en el crispado panorama político español: populares, socialistas y comunistas (por primera vez en 44 años) censuraban los excesos de la tiranía cubana.
Se lo hice notar a un viejo exiliado y me devolvió la paradoja: “No es raro. Aquí también estamos unidos todos los exiliados frente a la Embajada, pese a nuestras desavenencias, gracias a la vesania de Castro”. Es cierto. Ya lo había advertido el sociólogo Georg Simmel: “la hostilidad común suele ser un hospitalario punto de encuentro”.

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