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Columna publicada el 30-09-2000
A fines de la década de los sesenta en La Habana solo había dos hombres libres dispuestos a decir lo que les daba la gana. Uno era Fidel Castro y el otro Heberto Padilla. El resto del país obedecía y callaba. A Castro lo respaldaban el ejército y la enorme policía política. Padilla sólo tenía tras de sí su talento y cierta dosis de ingenuidad: creía que era posible desempeñar en la Isla el papel de enfant terrible.
Padilla había regresado de una larga estancia en Rusia totalmente desencantado con el marxismo y con la URSS. Había conocido a unos cuantos disidentes soviéticos y podía predecir con absoluta precisión lo que sería el destino de la Isla: como Gide, había visto el futuro y le parecía espantoso. Entonces escribió “Fuera de Juego”, un hermoso poemario totalmente critico contra el totalitarismo. Inmediatamente la jauría se lanzó contra él con furia.
A Fidel Castro, en cambio, le pareció una magnifica oportunidad de escarmentar a los intelectuales. Ya preparaba el Primer Congreso Cultural (1971) y Padilla sería la victima perfecta para mandar un claro mensaje a todos los escritores, artistas y otros creadores potencialmente peligrosos. Y así fue: Padilla acabo preso, el propio Castro lo interrogó en los calabozos de la Seguridad del Estado, lo insultó y humilló, lo golpeo en la cabeza con el manuscrito, y a los pocos días, en la sede de la UNEAC -el sindicato de escritores y artistas- Padilla, emulando los famosos «procesos de Moscú», entonó su mea culpa, se declaró culpable de las peores vilezas, “rectificó” sus errores políticos, acusó de desviacionismo ideológico a otros escritores -Lezama Lima, Manuel Díaz Martínez, a su propia mujer Belkis Cuza- y le agradeció a la policía el trato paternal que le había dado durante su detención.
Ya sólo quedaba un hombre libre en Cuba. Esa fue la primera muerte de Heberto Padilla. La de ahora es sólo la segunda.

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