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Columna publicada el 05-12-2000
Los analistas de la política americana están de acuerdo en que las preferencias electorales de los cubano en Florida constituyeron el «swing vote», es decir, el grupo que le dio la victoria a Bush al inclinarse en un 80% por su candidatura. Pero a ese dato acaba de sumarse una revelación hecha por The New York Times: tal vez han sido sólo dos los cubanos que acabarán sentando a Bush en la Casa Blanca. ¿Quiénes? El demócrata Alex Penellas, alcalde de Miami-Dade, y el republicano Lincoln Díaz-Balart, congresista federal por un distrito cubano de Miami.
¿Qué ocurrió? Algo muy importante: Gore tenía todas sus esperanzas puestas en el recuento de las papeletas de Miami-Dade, donde entre el voto negro, judío y obrero le dan una cómoda mayoría a los demócratas. Con un poco de cuidado e imaginación, de las más de 600.000 papeletas se podrían rebañar unos cuantos centenares de las más confusas o discutibles y colocarlas en la «pila» de Gore. Si con esos votos se comunicaba, aunque fuera extraoficialmente, que Gore había ganado en la Florida, era muy difícil detener al vicepresidente.
Es aquí donde entran a jugar los dos cubanos. Según el NYT, Díaz-Balart invita a Penellas a comer y le pide que no se preste a ese recuento selectivo, legal pero injusto, que dejaba fuera del juego a otros 65 condados, y que ejerza su influencia sobre la Junta Electoral de Miami-Dade, nombrada por él, por Penellas, para que se niegue a la maniobra de los demócratas y paralice el nuevo conteo. Penellas -quien hasta fue considerado como vicepresidente en la candidatura de Gore- tenía que tomar la decisión más difícil de su vida. Si cerraba el camino del recuento, los demócratas -su partido- no se lo perdonarían y su carrera política estaría liquidada. Díaz-Balart lo admitió, pero le hizo una propuesta: pronto se establecería otro distrito congresional federal en la zona cubana y el Partido Republicano le abría los brazos y le prometía su apoyo. Penellas accedió. Era una forma de conciliar sus intereses y sus convicciones. Al fin y al cabo, ideológicamente el joven alcalde de Miami-Dade está más cerca de los republicanos que de los demócratas. Cuando llegaron al postre y al café los dos cubanos habían terminado con la última oportunidad que tuvo Gore de llegar a la presidencia. Finalmente -cuentan los enterados-, brindaron por Elián y se despidieron con un apretón de manos.

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