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Columna publicada el 25-12-2003
El extraordinario artículo de Joaquín Pérez Rodríguez en El Nuevo Herald de Miami, del que se ha hecho eco Libertad Digital, relata unos hechos que vendrían a explicar otras circunstancias recientes ocurridas en Venezuela. Por ejemplo, poco antes de la recogida de las firmas para el refrendo revocatorio de Hugo Chávez ―se obtuvieron más de tres millones y medio, aunque sólo se necesitaban un millón menos―, el presidente de la República Bolivariana vaticinó que nunca llegarían a los dos millones, y, tras cerrarse el plazo, anunció que la oposición había cometido un "megafraude". Sencillamente, estaba creando las condiciones para legitimar un golpe militar, cerrar los medios de comunicación y suspender la Constitución. Pero no pudo lograr su propósito: sencillamente, los militares a los que acudió se negaron a seguirlo.
Este fracaso también explicaría la visita relámpago a Venezuela de Fidel Castro, principal estratega y protector de Hugo Chávez. El dictador cubano, sabedor de lo que se avecinaba, ha enviado recientemente 11.000 hombres a Venezuela –oficialmente, maestros y médicos–, a quienes puso en estado de alerta, convencido de que muchos de ellos tendrían que entrar en combate en defensa de su amigo.
Castro y Chávez saben que los días de la República Bolivariana de Venezuela son pocos, y para ambos la noticia es muy grave. Castro perderá las decenas de miles de barriles de petróleo que todos los días llegan a las refinerías cubanas ―un mazazo de casi mil millones de dólares al año, dado el precio del crudo―, mientras que Chávez deberá huir del país o enfrentarse a los tribunales acusado de corrupción, malversación, robo, prevaricación y medio código penal, porque las leyes que ha infringido, como dice una vieja canción de esa zona del mundo, "son tantas, que se atropellan".
Naturalmente, conociendo la psicología de Castro y los intereses que están en juego, su recomendación a Chávez en esta reciente visita a Venezuela habrá sido que huya hacia delante, que intente una salida violenta a la desesperada, porque la derrota será durísima para los dos.

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