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Columna publicada el 18-10-2001
La explosión de patriotismo ocurrida en Estados Unidos a partir del 11 de septiembre no parece tener paralelo histórico. Es refrescante ver que la mayoría de los automóviles y camiones que circulan por las carreteras y las calles de pueblos y ciudades de este país llevan banderas grandes o pequeñas, de tela o calcomanías de papel. En el barrio donde vivo, las banderas empezaron a surgir en las casas de mis vecinos a las pocas horas del ataque terrorista. También se multiplicaron las banderitas metálicas como prendedores en las solapas de los hombres y en las blusas de las mujeres. Nadie lo ordenó, nadie lo dispuso, se trata de una reacción espontánea de millones de personas y, como tal, demuestra un genuino espíritu patriótico.
De esta manera los americanos muestran su dolor por las víctimas y por sus familiares, pero al mismo tiempo dejan muy clara su determinación de que esos fanáticos salvajes no lograrán su propósito de doblegar a esta gran nación, de perjudicar a sus instituciones libres, perturbar la dedicación al trabajo productivo y la seguridad estadounidense en que la prosperidad depende del esfuerzo personal.
Es cierto que el sorpresivo ataque terrorista causó una inmensa y generalizada tristeza. Podría asegurar que la noche del 11 de septiembre fue la más larga e insomne para decenas de millones de personas. Al día siguiente nos levantamos sabiendo que vivimos en un mundo mucho peor del que hasta entonces habíamos imaginado. Que la envidia y la maldad habían alcanzado dimensiones hasta entonces inconcebibles. Pero todo ello sirvió para que los americanos se dieran cuenta de que los lazos que los unen son mucho más fuertes que sus diferencias políticas, étnicas, religiosas, de opinión, de educación o de posición en la escala social. El trabajo de voluntarios, las donaciones de sangre y de dinero más de 800 millones de dólares han sido impresionantes.
Tan agredidos se sintieron los descendientes de aquellos que llegaron a estas costas en el Mayflower en 1620 como los últimos inmigrantes que llegamos hace pocos años y que no somos ciudadanos. Recordé las descripciones de Winston Churchill de los bombardeos alemanes sobre Londres y la valiente y decidida respuesta del pueblo inglés, que de ninguna manera iba a permitir que la maldad doblegara su espíritu o cambiara su historia.
La policía de Nueva York era, hasta hace poco, frecuente blanco las duras críticas de periodistas y de líderes de izquierda, que no aceptaban que una de las ciudades con la más alta tasa de delictiva y criminal hubiera sido convertida en pocos años, bajo la mano dura del alcalde Rudy Giuliani, en una de las metrópolis más seguras y, de paso, más limpias del mundo. Pero de la noche a la mañana, esos mismos policías y bomberos de Nueva York se convirtieron en verdaderos héroes nacionales, mientras el alcalde demostraba su valentía y competencia, siendo hoy una de las figuras políticas más admiradas.
George W. Bush mostró su gran temple, determinación y capacidad en el momento crítico. De repente, un presidente que no era conocido por su facilidad de expresión nos demostró estar a la altura de los acontecimientos. El país entero se dio cuenta a las pocas horas que Washington no saldría a la carrera a buscar una solución política en los corredores de las Naciones Unidas. El mensaje presidencial fue muy claro: el mundo entero tendría que escoger entre apoyar a la civilización o al fanatismo oscurantista de los terroristas. No habría medias tintas. Y en medio de la gran tragedia, los americanos se dieron pronta cuenta que con gente como el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, el país cuenta con un liderazgo serio, confiable y competente.
Claro que es en tiempos de crisis cuando podemos realmente conocer a nuestros gobernantes. Según las últimas encuestas, el 92% de los americanos aprueban la forma cómo el presidente Bush está manejando la campaña contra al terrorismo. La nación, como nunca antes, está unida tras su presidente.
Es indudable que vivimos tiempos difíciles y dolorosos, pero no deja de ser emocionante presenciar la forma en que Estados Unidos, la nación más libre y más próspera de la historia, se sobrepone a tan cruel y traicionero golpe. God bless America.
©AIPE
Carlos Ball es el director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.

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