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Educación

Juventud con vocación

Bien sabemos que parte de la juventud es presa de la apatía y del tedio. La familia y la escuela son las instituciones donde más visiblemente percibimos el aburrimiento existencial, crónico, de muchos de nuestros jóvenes; para los que tienen alguna duda, ahí están fenómenos sociales como el botellón y la diversión regada en alcohol, drogas y sexo de los fines de semana. Jóvenes que quizá no han sido acompañados por adultos orgullosos de serlo; jóvenes ayunos de orientación, víctimas del mercado y de la penúltima moda descerebrada. Sin embargo, no toda la juventud es igual.

Leo con íntimo agradecimiento el discurso de Benedicto XVI dirigido a los jóvenes en la catedral de Sulmona, el 4 de julio. En él resuenan palabras llenas de vida y esperanza. Son palabras de un padre que se sabe con autoridad para educar a quienes la vida aún les ofrece un plexo de posibilidades innumerables. Tantas que hacen dudar.

A diferencia de los mercaderes y de los ideólogos de turno, Benedicto XVI habla al corazón de los jóvenes. Todo educador, tarde o temprano, debe hacerlo. Hablar al corazón es una de las actividades educativas más reprobadas en nuestro sistema educativo, repleto de metodologías de plexiglás, pizarras digitales, ordenadores de última generación y competencias que evalúan las emociones de nuestros alumnos. Decididamente, hablar al corazón es políticamente incorrecto.

Pero Benedicto XVI habla al corazón. Al hacerlo toma en serio a los jóvenes. ¿Hemos pensado alguna vez que el desencanto juvenil puede ser debido, entre otras razones, a que hemos ignorado a los jóvenes? ¿Nos los tomamos en serio? Cuando hablamos al corazón de un joven surge irremediablemente la misma pregunta: ¿qué quieres hacer con tu vida? Es la pregunta por el sentido de la existencia propia, por el significado de una vida –la del joven– que está por hacer.

La ideología elude la pregunta y, a la vez, responde por el joven. Ante este ejercicio de brutal manipulación, las generaciones recientes están desarmadas; el buen educador, respetuoso con la libertad del hombre que se está haciendo, confronta al joven con su destino personal y le pregunta "¿qué quieres hacer de ti mismo?". Digámoslo de otro modo, es la pregunta por la vocación personal.

¡Qué palabra más hermosa! Tener vocación era una de las experiencias más lindas de la vida, que siempre han deseado los padres a sus hijos, los maestros a sus discípulos. No obstante, hoy es una palabra desprestigiada o sin uso. Los jóvenes se manejan con criterios utilitaristas, pragmáticos, cargados de señuelos facilones que atraen su atención y halagan sus impulsos más elementales.

La vocación, afirma Benedicto XVI, es la respuesta a la pregunta por el sentido de mi vida; la vocación es una respuesta no exterior, sino interior, íntima, mía. La vocación es respuesta (voz) que surge de mi corazón, que me pertenece sólo a mí y que sé verdadera para mí a la pregunta por el sentido de mi existencia. Tener vocación es aprender a esconderme en mí mismo y descubrir en mi alma la respuesta que llevo dentro. Sólo Benedicto XVI puede hablar así a los jóvenes.

Un joven con vocación es irreductible a las mentiras del poder. Es un joven libre. Por eso, no hay palabra más en desuso que esta de la vocación en la jerga pedagógica actual. Esos virtuosos de la nadería, esos embaucadores de la vacuidad, los propagadores de la sevicia educativa –los pedagogos– sienten alergia a cualquier apelación a la intimidad del alumno como ámbito personal de decisión y crecimiento. El negocio se les vendría abajo.

Ahora bien, reconocer la voz propia no es fácil. Benedicto XVI no ahorra dificultades a los jóvenes. El planteamiento del Papa a esa dificultad sorprende por su hondura: "la respuesta a lo que quiero hacer con mi vida sólo me pertenece en la medida en que me sobrepasa".  Si quiero descubrir mi vocación, necesito reconocer dentro de mí el timbre de una voz –suave como la brisa que acarició a Elías– que resuena en mi corazón. Es la voz de Dios.

Frente al incesante tráfago de estímulos, ruidos y mensajes que nos obligan a vivir la vida "a tope", Benedicto XVI invita a los jóvenes a hacer silencio para descubrir el secreto de la vocación de cada uno. Afirma: "...el secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece precisamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la decisión, en el momento, es decir, de decidir y de partir, como después, si se quiere ser fieles y perseverar en el camino". Vocación, oración, silencio. Sólo así nos abriremos a nosotros mismos, daremos lo mejor de nosotros mismos a los demás, estaremos firmemente anclados en el mundo, sin ser del mundo.

La pregunta educativa por excelencia es cómo ayudar a los jóvenes a descubrir su vocación. Si la educación no ayuda a los jóvenes a ello, habrá fracasado. Es una pregunta siempre religiosa, puesto que el ser humano es un ser religioso. Una pregunta censurada por el poder actual, que reduce al hombre a los estrechos límites de la razón instrumental. El desastre educativo actual parte de la censura a esta pregunta.

En la novela de Solzhenitsyn El pabellón de cáncer, Alekséi Filíppovich, poco antes de su operación, reconoce a Oleg: "A veces siento netamente que en mí no sólo reside mi yo. Que existe también algo más, algo indestructible, sublime. Cierto minúsculo fragmento del Espíritu Universal. ¿No tiene usted la misma sensación?".

Carlos Jariod es presidente de la Asociación de Profesores Educación y Persona

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