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Alicia quejumbrosa

Nada en la extensión de la riqueza es deplorable, salvo que sea riqueza obtenida fuera del mercado, mediante la coacción o el fraude. Entonces sí. La riqueza de los sátrapas es objetable, la de Gadafi y Fidel Castro sí.

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En una de las diestras entrevistas que hace Amilibia en la contraportada de La Razón le tocó el turno a la escritora Alicia Giménez Bartlett, autora de Donde nadie te encuentre. Ante la pregunta del periodista sobre si hay hoy alguna razón para echarse al monte, a doña Alicia no se le ocurrió pensar en las dictaduras que aún padece la humanidad. En vez de ello, respondió: "Porque los ricos son cada vez más ricos y los pobres, más pobres".

Primero, los ricos. Es verdad que cada vez hay más ricos y que cada vez son más ricos. Pero la pregunta es: ¿dónde está el problema? ¿qué hay en ese fenómeno que deba impulsarnos al desengaño o la rebelión? Nada en absoluto. Nada en la extensión de la riqueza es deplorable, salvo que sea riqueza obtenida fuera del mercado, mediante la coacción o el fraude. Entonces sí. La riqueza de los sátrapas es objetable, la de Gadafi y Fidel Castro sí, pero tengo para mí que cuando los biempensantes lamentan la opulencia no están pensando en políticos sino en empresarios que ganan su dinero en el mercado. En tal caso no sólo no hacen mal a nadie sino que son una ventaja para la comunidad.

Segundo, los pobres. ¿Cómo puede seriamente pensarse que los pobres son cada vez más pobres? En realidad, son proporcionalmente cada vez menos y son cada vez menos pobres. Tal ha sido la realidad de los últimos siglos y en particular del último medio siglo, en donde la prosperidad de indios y chinos ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas. El fenómeno se ha extendido con más o menos fuerza en buena parte del mundo.

La explicación de la decepción de la señora Giménez Bartlett no responde, por tanto, ni a la lógica ni a la evidencia empírica. ¿A qué se deberá, pues? Es posible que obedezca a dogmas gregarios del mundo de la cultura, que parece exigirse el cultivo de las jeremiadas para dar la sensación de altura ética y profundidad intelectual.

En La teoría de los sentimientos morales, Adam Smith ironizó sobre

esos moralistas quejumbrosos y melancólicos, que perpetuamente nos reprochan que seamos felices cuando tantos de nuestros semejantes son desdichados, que consideran impío el regocijo natural ante la prosperidad, que no piensa en los muchos desventurados que en ese mismo instante están sometidos a toda suerte de calamidades, en la postración de la pobreza, en la agonía de la enfermedad, en el horror de la muerte, bajo los ultrajes y la opresión de sus enemigos. (...) Los que pretenden tal personalidad sólo poseen normalmente una tristeza afectada y sentimental que sin llegar hasta el corazón sirve solamente para convertir su semblante y su trato en algo impertinentemente lúgubre y desapacible.

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