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Así rezaba un titular de El País que sugería un aplauso por la labor del banquero central, lo que quedaba aún más claro en el antetítulo: "El presidente de la Reserva Federal agota toda la artillería para evitar que Estados Unidos caiga en una profunda depresión". Incuestionablemente, el diario respaldaba a las autoridades monetarias norteamericanas ante el peligro de la deflación. Ya en el cuerpo del artículo, lógicamente, el periodista podía ser más explicito sobre la catástrofe a la cual el abnegado Bernanke se dispone a hacer frente. Y lo fue: "Los datos son descorazonadores. Los precios de los servicios cayeron en noviembre el 0,4 % en Estados Unidos. Los salarios subieron el 0,4 %". Terrible situación, sin duda.
Pero, oiga, un momento. Si los precios caen y los salarios suben, ¿no deberíamos felicitarnos? Es tal el prejuicio contra la deflación, convenientemente agitado desde los centros de poder y los bancos centrales, que al final el pensamiento único nos instala en las mayores incoherencias. Una caída en los precios y una subida en los salarios es un doble impulso al alza en los salarios reales, lo cual, si es debido a un incremento en la productividad, es algo nítidamente plausible.
Sin embargo, no se puede pensar en una caída en los precios sin que inevitablemente asome el fantasma de la depresión, algo que puede estar asociado con esa caída, pero no necesariamente. La corrección política las asocia siempre, y de ahí que se hinque de rodillas ante los banqueros centrales y no sólo ignore su principalísima responsabilidad en el inflado de la burbuja que nos ha llevado a la crisis, sino que insista en que, por favor, deben seguir haciéndolo, por nuestro bien, claro.
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