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Columna publicada el 25-04-2005
Con alborozo saludó Juan G. Bedoya en El País el último libro de Enrique Miret Magdalena contra la violencia y el terrorismo, cuya receta es “diálogo, tolerancia y esfuerzo individual” para acabar con esas lacras, que son consecuencia de “la globalización del mercado y de la injusticia social”.
Una antigua falacia totalitaria reduce la violencia a condiciones económicas y sociales, y la izquierda ha cultivado desde siempre esta idea, que le viene al pelo para justificarse: como hay pobres por culpa del capitalismo, entonces habrá revoluciones y los pobres impondrán el socialismo y la paz. Nunca fue así. Los pobres no son pobres a causa del capitalismo sino a causa de su ausencia. El socialismo nunca fue impuesto por los pobres sino por los socialistas, que rara vez han sido pobres, y cuando los socialistas triunfaron en sus revoluciones probaron ser brutalmente violentos, la izquierda se volvió pacifista sólo cuando comprobó que perdía la Guerra Fría.
Idéntico camelo es sostener que el terrorismo guarda relación con la “injusticia social”, la pobreza o la desigualdad. Muy rara vez los terroristas son pobres.
Y la receta del diálogo es bonita, pero tiene un problema: ¿qué hacemos con los malos, qué hacemos con los que no quieren dialogar sino matar? La respuesta de Bedoya es la del bonito pacifismo: nada. Afirma: “La paz más injusta es preferible a la más justa de las guerras”. ¿De verdad? ¿De verdad había que dejar que Hitler siguiera extendiendo su imperio tiránico y siguiera asesinando a millones de personas? Caramba, qué bonita paz.

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