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Cándido Méndez, secretario general del sindicato UGT, predica desde El País sobre la necesidad de “atacar las causas” de los accidentes laborales. Sus argumentos oscilan entre la demagogia y el absurdo. Nada permite concluir que hacerle caso a Méndez reducirá los accidentes. Lo que reducirá, desde luego, es la libertad.
Despotrica contra la precariedad, y propone la contratación indefinida y la limitación legal de la contratación temporal. Don Cándido debe creer que los empresarios contratan a trabajadores temporales porque sí, para dar rienda suelta a su vesánica codicia, y no porque la “solidaria” legislación que encarece la contratación y el despido en el caso de los contratos indefinidos opere como fomento artificial de la precariedad. Si lo que el señor Méndez quiere es obligar a que los empresarios sólo contraten indefinidamente, lo único que conseguirá es que aumente el paro y la economía sumergida, dos consecuencias nada propicias para contener los accidentes laborales.
Pero don Cándido es un ejemplo de la falacia del Nirvana: todo se puede arreglar si los trabajadores sacrifican su libertad y su dinero en el altar de los políticos y los sindicalistas. Créase o no, para este señor la solución estriba en: “garantizar la salud y la seguridad en el trabajo”. Pues sí, don Cándido, claro que sí. Ahora, más allá de obviedades, o de campañas contra el decretazo, cuando hay que reformar las prestaciones por desempleo mucho más de lo que pretende el Gobierno, debe usted proponer algo que tenga sentido, y no eso de “reducir la jornada a 35 horas semanales”, que es una bobada que ya no se creen ni los franceses.
Una propuesta más sensata sería rebajar los costes de contratación y despido para aumentar el empleo indefinido, rebajar los impuestos y los gastos, por ejemplo, suprimiendo las millonarias subvenciones que disfrutan los sindicatos y que hacen que, sin ir más lejos, los contribuyentes –y no sólo los afiliados a UGT– le estemos pagando el chófer al señor Méndez.