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Estaba estos días releyendo algún libro sobre los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial y me encontré, como era inevitable, con las polémicas en torno al Plan Marshall, cuyo nombre tomó del famoso general norteamericano que lo propuso. El objetivo de este proyecto era ayudar económicamente a la reconstrucción de Europa, arrasada por la guerra. En principio, iba destinado tanto a la Europa Occidental como a la Oriental, pero Stalin, que ya había decidido que los Estados Unidos eran su peor enemigo, lo tildó de "intentona imperialista yanqui" y de "caballo de Troya"; de inmediato, todos los partidos y países comunistas le siguieron la corriente (incluidos Bardem y Berlanga con su ridícula película).
El plan, sin embargo, fue un éxito y contribuyó de manera muy eficaz a la reconstrucción del Continente. Algunos podrían considerar que la fuerza impulsora de la recuperación fue gubernamental o estatal, ya que la Administración norteamericana se apropió rápidamente del éxito. Sin embargo, en realidad no tenía nada de socialista, más bien al revés: desarrolló las empresas privadas y la economía de mercado (especialmente en la Alemania Federal, el país más arruinado por la guerra).
En la crisis económica actual, no encuentro nada parecido al Plan Marshall. Es cierto que ha habido reuniones de los jefes de Estado y de Gobierno en Washington o de los 27 de la Unión Europea (UE), pero luego cada mandatario regresa a sus respectivas capitales y prepara por separado su plan nacional contra la crisis. En el caso de la UE no me extraña en absoluto, ya que no es más que una farsa, un espejuelo y un despilfarro. Cada vez que se ha enfrentado a un problema grave ha mostrado su profunda desunión. Así ocurrió también con las guerras de la ex Yugoslavia, coon la de Irak o con el conflicto de Georgia de este pasado verano.
Hoy por hoy es muy difícil decir si el plan presentado por Sarkozy tendrá efectos positivos a corto plazo. Ha empezado ayudando a los bancos y continuará con iniciativas sobre el empleo y los sectores industriales con dificultades (como la construcción o el automovilístico). De momento, al menos, no se prevén nacionalizaciones, tal y como exigen algunos sociatas desmemoriados, que olvidan sus desastres durante los primeros años de Miterrand.Aunque tampoco cabía esperar otra cosa, las declaraciones de la oposición de izquierdas y de "el centro" (es decir, el Modem de François Bayrou) son de una mala fe y de una demagogia absolutas. Martine Aubry, la nueva primera secretaria del Partido Socialista (o, mejor dicho, de la mitad del Partido Socialista, porque los royalistas ni participan en la dirección ni la reconocen como dirigente), ha declarado varias veces que Sarkozy no hace nada para solucionar la crisis y que se limita a destruir los servicios públicos. La pregunta del millón: ¿quién es más idiota? ¿Segolène o Martine?

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