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Columna publicada el 02-01-2002
El Marqués de L. iba una mañana a casa del barón de Y., al que había conocido la víspera en el palacio de los duques de B., con motivo de su gran baile anual. El barón de Y. había enamorado a todas las señoritas y a muchas más señoras, por su buena pinta, su elegancia natural y sus extraordinarias dotes de incansable bailarín. Además de seducirlas a todas, el barón de Y. había entablado con el marqués de L. una apasionante conversación filosófica y, para reanudarla, el marqués iba a casa del barón. Ambos darían un paseo por el Bois de Boulogne (que aún no se había convertido en “reserva natural”de prostitutos brasileños), antes de almorzar juntos. Cuando llega a casa del barón, los criados, avisados, le conducen a su dormitorio. Entra el marqués y no ve al barón. El dormitorio es grande, como toda la casa, y con el habitual desorden matutino, pero el barón no está. El marqués se permite toser, llamar con voz diplomática al barón, nada. Silencio, soledad. El marqués se dispone a retirarse, sorprendido, cuando de pronto una voz extraña, metálica, viniendo de un confuso montón de cosas, le pide al marqués que tuviese la bondad de acercarle sus piernas... Porque ese seductor bailarín y tan inteligente conversador, no es más que un pelele, un muñeco, un robot se diría ahora, quien tiene que pedir humildemente ayuda, a un criado, a un amigo de paso, para vestirse y acoplarse, y volver a ser lo que fue la víspera, un señoriíto apuesto y refinado.
Siempre recuerdo este cuento de Guy de Maupassant, torpemente resumido aquí, cuando me hablan de Europa. ¿Apuesta? ¿ilusión? ¿o triste realidad de tuercas, piezas, grasientos metales y nuevas monedas, que está por acoplarse?. “No queremos la Europa de los mercaderes”, hubiera dicho José Piqué. Debería el señor ministro disimular mejor sus perjuicios”aristocráticos-burocráticos”, o en todo caso el uso de la demagogia populista, porque lo poco de Europa que existe –o lo mucho, según se mire– se debe más, infinitamente más a los “mercaderes” que a los políticos.
Toda Europa, y Francia en primera fila, apunta las escopetas hacia la presidencia española de la UE, en estos momentos bastante cruciales (históricos, dicen algunos). No se les perdonará una coma a Aznar y a su equipo. De entrada, una cosa es evidente, no podrán hacerlo peor que esos belgas tan procastristas y, aún más, proterroristas palestinos. Francia tiene un complejo con Bélgica, yo no. Henri Michaux, Georges Simenon, Magritte, Delvaux, cien, mil más, son belgas. Un país pequeño puede dar a luz a grandes hombres, y tener un gobierno de enanos.
Otro cuento de Guy de Maupassant: “Boule de Suif”, sirvió de argumento a una de las mejores películas del Oeste, dirigida por John Ford, con John Wayne, no faltaba más. Y ¿qué me dicen ustedes de la excepción cultural francesa?
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