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Columna publicada el 26-09-2005
Cuando el general de Gaulle estuvo en Moscú, en visita oficial y triunfal, en 1945, no sólo le besó a Stalin, ni sólo firmaron un “pacto de amistad y solidaridad”, sino que concluyeron acuerdos secretos, según la costumbre estalinista del mismo modo que había hecho Stalin con Hitler, cuando el pacto germano-soviético. A vuelapluma recordaré que además de manifestar públicamente su acuerdo en política internacional y cómo sacar provecho de la victoria contra la Alemania nazi, en política interior gala, de Gaulle se comprometió a dar el máximo al PCF, a condición de que el partido comunista francés, no intentara el menor golpe de estado, o “revolución” contra su ilustre persona.
Pues bien, Stalin ha muerto, de Gaulle ha muerto, la URSS ha muerto, y sin embargo, algunas de las cláusulas de este acuerdo secreto siguen vigentes hoy en Francia, en pleno 2005. Bien sabido es que el PCF, que fue el “primer partido de Francia” hasta por el número de sus electores, a medida que desparecía la URSS, iba desapareciendo del paisaje político y económico francés. Digo bien económico, porque el PCF, fue, sin comparación alguna, el partido más rico de Francia, debido a su potencia económica-financiera nacional y a sus lazos comerciales privilegiados con la URSS y el mundo comunista. Desaparecidos ésta y éste, desaparecidos –casi- sus electores y militantes, se ha convertido en un partido pobre, que tiene que vender sus propiedades inmobiliarias, sus empresas “privadas”, y hasta su portavoz L´Humanité al “Gran Capital”. Pero algo le queda aún, en medio de este naufragio: los poderes y privilegios concedidos por de Gaulle al sindicato comunista CGT, que aún perduran, concretamente en los servicios públicos, en todos los servicios públicos, desde la radio-televisión estatal, hasta EDF, y pasando por las minas (ayer), los transportes, (SCNF), la enseñanza, y todo lo que sea estatal. Porque si los socialistas echaron a los comunistas del gobierno en 1947, no tocaron los privilegios y feudos de la CGT en las empresas estatales, privilegios que se reafirmaron cuando de Gaulle volvió al poder en 1958.

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