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Recuerdos

Duras, Anteleme y otras víctimas de Sp

Último capítulo del libro inédito que prepara el autor de El exilio fue una fiesta y que Libertad Digital ha venido publicando las últimas semanas.

Todo volvió a empezar con la publicación, en Marzo de 1998, del nº 33, de una revista bastante confidencial Lignes (Líneas) dedicado a Dionys Mascolo. La revista y Mascolo tienen para mí poco interés, salvo que en éste número se publican las cartas que Robert Antelme y el propio Mascolo escribieron en 1950 a la dirección del PCF protestando contra su expulsión. En dichas cartas, relativamente largas, ambos, pero sobre todo Antelme atacan duramente a un tal Sp, le tratan de chivato, mentiroso y otras lindezas. Para la mayoría de los pocos lectores con que cuenta la revista, Sp permanecía en el anonimato y, tratándose de hechos tan lejanos, una de tantas expulsiones, les habrá tenido sin cuidado. Hipócritamente, la redacción de Lignes escribía que no daban el verdadero nombre de Sp para no “añadir un proceso a los procesos de antaño”. Pero pocas semanas después el diario Le Monde, en un artículo firmado por Nicolas Weill el 16 de junio, daba el verdadero nombre de Sp: Jorge Semprún.

¿Porqué ponían Sp y no Semprún? Porque Semprún, al ser un español militando en un partido francés, podía tener líos con la policía “burguesa”. Su pasión por la amistad era tal que a un amigo, pese a haberles traicionado, mentido y denunciado, no se le descubre ante “la reacción”. Todo ello no dejaba de ser una tempestad en un vaso de agua parisino y si pasó a las pantallas de la tele, o sea a la Actualidad, con mayúscula, fue porque Laure Adler en su biografía de Marguerite Duras (una famosa entre las famosas), hablaba de su expulsión y la de su ex marido Antelme y su entonces compañero Dionys Mascolo. Pero lo que publicó sobre el tema no es lo que había escrito, porque, a petición de Sp, que había leído las pruebas, “afeitó” su texto, lo censuró y dio la palabra, la mentira, a Sánchez-Semprún. Éste no se limitó a eso. El 26 de junio de 1998, escribe en Le Monde un artículo titulado: “No, no denuncié a Marguerite Duras” totalmente embustero, lo que la viuda de Antelme Monique Antelme (Régnier en 1950), no tuvo grandes dificultades por demostrar el 8 de julio siguiente en el mismo vespertino.

El título de su valiente artículo (ni Laure Adler se había atrevido a contradecir a Sp) es elocuente: “Jorge Semprún no dice la verdad”. Todos los mentirosos profesionales saben que, para que una mentira sea convincente, debe basarse en trozos de verdad, retorcida y arreglada. Sp no expulsó a Duras porque ésta había dimitido poco antes del PCF furiosa de que la trataran continuamente de “puta”, “alcohólica” “decadente” y “burguesa”, pero les denunció a todos, a todo el grupo, en un informe escrito, y con la complicidad de Jacques Martinet secretario de la “célula” y marido entonces de Colette Leloup, también fiscal, que luego se casó con Federico Sánchez y ahora con Jorge Semprún. Las vueltas esas de la vida. Mascolo también había dimitido, solidarizándose con Marguerite, pero en seguida quiso anular su dimisión y seguir en el PCF. Fue expulsado en otro proceso estalinista, como Edgar Morin, quien escribió sobre el tema un libro interesante y divertido: “Autocrítica”. Otro expulsado del mismo grupo, fue el periodista Eugène Mannoni. El hecho de que hubiera varios procesos de expulsión, permite sembrar dudas y mentir (yo no tuve nada que ver con ese) pero la realidad es que la dirección del PCF quiso expulsar a todos esos intelectuales “pequeño-burgueses”, aún marxistas-leninistas y filosoviéticos, pero que rechazaban el “realismo socialista” y la censura totalitaria y contó con la complicidad activa de Sp, Martinet, su esposa Colette y demás militantes que se cuadraron:¡A sus órdenes mi comandante! Otro detalle jocoso: el jefe de la potente Federación de París del PCF era entonces Raymond Guyot, cuñado de Lise London.

En el artículo reciente de Monique Antelme y en los antiguos textos de Antelme y Mascolo en Lignes no se explican los motivos de la traición y mentiras de Sánchez-Semprún, porque ellos mismos no lograban explicárselos. ¿Por qué ha hecho eso, cuando eramos tan amigos y además compartíamos tantas cosas como por ejemplo nuestra crítica a la “política cultural” del PCF? Pues yo ya he dicho porqué: Jorge Semprún no quería, temía no poder convertirse en Federico Sánchez con la mancha, el pecado de su amistad con expulsados, por lo tanto enemigos del partido, y sabía que denunciándoles, mintiendo, participando en su expulsión, “sacrificando” sus amistades al aparato demostraba sus dotes de verdadero comunista capaz de todo por el partido.

Casi todos los protagonistas de esa tragicomedia han muerto (no fusilados, como hubiera ocurrido en cualquier país comunista) salvo, que yo sepa, Monique Antelme, Edgar Morin –algo han dicho ambos sobre esas expulsiones–, Jacques Francis Rolland, otro amigo de la “calle Saint-Benoit”, quien, el verano de 1998, me preguntaba: “¿porqué miente así tu hermano?”. A él no le expulsaron entonces, se largó en 1956, como Claude Roy, como tantos otros –como yo– y desde luego ninguno, ni muerto, ni vivo, es aún miembro de algún PC, ni siquiera Sp. 1950, recordemos, era un momento álgido de la guerra “fría”, tan “caliente” en Corea, y el sectarismo y fanatismo comunistas conocieron uno de sus puntos culminantes. Yo vivía entonces más en la buhardilla de la calle Bonaparte, con Sylvia, que en la casona de Saint-Prix, aunque íbamos de vez en cuando. Seguía viendo tanto a los expulsados como a los expulsadores y sin entender gran cosa. Además, no era militante, me metí en aquellos berenjenales un poco después, desde luego sin haber aprendido nada de estas siniestras peripecias. Puedo sin embargo, afirmar que a Marguerite Duras le interesaba mucho más la salida de su novela Barrage contre le Pacifique, que su expulsión. Robert Antelme, en cambio, estaba destrozado. Monique y Bernard estaban sobre todo furibundos no sólo por la expulsión en sí, después de sus hazañas durante la Resistencia, sino por tanta hipocresía y mentira.

Mascolo no sé, apenas le veía. Si hablo hoy de todo esto, es porque salen a relucir aquí o allá ciertos episodios y me doy cuenta de que la mentira de ayer sigue siendo mentira hoy. Si los vestidos de seda han cambiado (y ¡tanto! ¿dónde está la URSS?), la mona sigue igual. En este sentido, algo que no conocía entonces, porque los informes de Antelme y Mascolo no se publicaron antes de que lo hicieran en Lignes, aunque mucho de lo que habían escrito me lo habían contado Monique, Bernard, Marguerite, el propio Antelme, quien me miraba desesperado: “¿Porqué ha hecho eso tu hermano?” y yo no sabía qué contestar.

Desde luego, comparados con los procesos comunistas en Moscú, Praga, Varsovia, Budapest, Bucarest, luego Pekín y antes Barcelona (proceso del POUM, por ejemplo), estas expulsiones de intelectuales, e incluso otras más feroces, con intentos de asesinato –como la del jefe guerrillero Gingouin o el dirigente comunista expulsado Auguste Lecoeur– no podían equipararse con la realidad del terror comunista. Sencillamente porque en Francia el PCF no tenía el poder, pese a su influencia, su importancia, su losa de plomo ideológica en el mundo de la cultura y de la información. Al no tener el poder, no podía encarcelar y fusilar a Marguerite Duras, Robert Antelme, Dionys Mascolo, Edgar Morin y los demás, sólo podía simularlo. Eran crímenes virtuales, se diría hoy. Y cuando los expulsados se cruzaban por las calles con sus expulsadores, estos ni les saludaban ni les veían: como habían muerto políticamente, no existían. También intentaron liquidarles profesionalmente, dejarles sin trabajo ni recursos, convertirles en barrenderos, pongamos, pero no lo lograron. La burguesía que aborrecían se mostró liberal con ellos. Mannoni, periodista en el vespertino comunista Ce soir, fundado con oro de la República española, robado por la Internacional, y entonces dirigido por Aragon y su lugarteniente Pierre Daix, fue expulsado, no faltaba más, pero hizo una brillante carrera en France-soir. Mascolo y Antelme siguieron trabajando en Gallimard y todo por igual.

(...) Fueron Monique Antelme y Loleh Bellon (mujer de Sánchez-Semprún y luego de Claude Roy) quienes me señalaron el número ese de Lignes, revista que yo no leía después de haber hojeado sus dos primeros números. Encontré pues, algo que yo ignoraba y es la discusión entre José Corti y Robert Antelme a propósito de la actuación de los comunistas en los campos nazis, tema éste siempre censurado. Lo que se aborda aquí va más allá de las mierdas de esas repugnantes expulsiones, y sin exagerar, creo que se puede decir que tratan de problemas esenciales de la tragedia y de la ética. José Corti fue un librero-editor absolutamente genial, modesto artesano muy aficionado a la literatura española como buen sefardí, pero también el editor exclusivo de uno de los mejores novelistas franceses, Julien Gracq.

Antelme, a la vuelta de los campos nazis, moribundo, permaneció largos meses en el hospital. Al salir en 1946, se afilia al PCF. Jose Corti le escribe para increparle: “¿Cómo puedes afiliarte a un partido que ha matado a mi hijo y se puso al servicio de las SS en los campos?” El hijo, de 20 años, deportado en Dora, había formado parte de esos comandos de trabajo forzado, como el propio Antelme, en los que morían como moscas. En Dora, como en Buchenwald y otros campos, eran los kapos comunistas quienes decidían quiénes eran enviados a esos comandos y quiénes mantenidos en el campo, pese a todo menos arriesgado, así como quiénes eran enviados a la muerte exigida por los nazis como represalias. La respuesta de Antelme a Corti, enviada a la dirección del PCF (Raymond Guyot concretamente) para demostrar que es un buen comunista, es harto significativa de la “ética” totalitaria. Después de recordar una verdad absoluta: eran los campos nazis y eran los nazis quienes tenían el poder, delegando ciertas migajas a los kapos, escribe: “¿Quiénes eran los hombres que, razonablemente, lógicamente, sobre todo en la lógica de esa lucha, deberían, en la medida de lo posible, no marcharse, sino los únicos con los cuales se podía razonablemente contar en el futuro para liquidar al fascismo responsable de los campos si no los comunistas?”. Y más adelante: “La muerte del fascismo en el porvenir estaba condicionada ante todo por la supervivencia de los comunistas”.

¡La muerte del fascismo en el porvenir! Esto lo escribe Antelme varios años después de la guerra que había arrasado el nazismo (el empleo del término “fascismo” es un residuo de la jerga frentepopulista). Es asimismo significativo que Antelme, que había sido un resistente y un deportado, no comunista, se acomplejara por ese “pecado” y quisiera convertirse en un comunista de verdad, formar parte de esa “raza superior”, en cuyas manos estaba el destino de la Humanidad, la Justicia, la victoria del proletariado y, a fin de cuentas “todo”, la totalidad humana, no en balde se ha calificado ese poder de totalitario. ¿Cuál es ese fascismo del porvenir? Evidentemente, los USA, y aquí el “disidente” Antelme, como los demás expulsados, se muestra de un borreguismo absoluto siguiendo las consignas del totalitarismo comunista contra una de las más viejas democracias del mundo.

Como Mascolo, Antelme y otros han muerto, me es imposible saber lo que pensarían hoy de sus escritos de 1950. No acostumbro a hablar en nombre de los muertos, como hacen tantos. Es cierto que mantuvieron, en relación con la guerra de independencia de Argelia, en Mayo de 1968 y en otras ocasiones, una actitud que podría calificarse de “izquierdas”, con una curiosa voluntad de defender ciertos criterios éticos. Y es de suponer que fue la ausencia total de ética en su experiencia comunista la que les impulsó a buscarla incluso donde a todas luces no existía, como en el FLN o en la Cuba castrista. (...) La estafa histórica y la desinformación permiten hoy a Sp reivindicar la memoria y la obra de Robert Antelme, una de sus víctimas.

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