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Columna publicada el 02-05-2001
Robert Hue, secretario del PCF, estará contento: la lluvia ha favorecido la cosecha del muguet (ni idea de cómo se llama en español, ni de si existe en España), esas horrendas florecitas silvestres que nacen bajo los árboles y aprecian la humedad, como los hongos. Su venta, tradicional en el 1 de Mayo, sería el único recurso financiero de su partido, según declaró ante un tribunal. Así podrá pagar sus deudas a Vivendi Universal, a Pierre Hergé, al Gobierno, a los bancos, etcétera. Pero se hace ilusiones, sólo el Gobierno será capaz de saldar esas gigantescas deudas, y lo hará porque los necesita, cara a las futuras elecciones.
Lo que no se ha dicho, en los comentarios sobre la derrota del PCF en los recientes comicios municipales, es que muchos alcaldes comunistas elegidos hace seis años lo fueron gracias a los votos socialistas y a los acuerdos entre ambos partidos. Habiendo disminuido estos notablemente, los primeros en derrumbarse fueron los comunistas. La derrota fue para ambos partidos, pero se notó más en el PCF, puesto que hace tiempo que ha perdido su electorado y, sin la muleta socialista, se derrumba. Un curioso ambiente de pánico recorre los gabinetes ministeriales; la ultraizquierda tiene el viento en popa, y la ultraizquierda no vota sistemáticamente a la izquierda plural, más bien se abstiene o vota “como sea”. Electoralmente, la ultraizquierda se limita a los trostkistas y alimenta el pánico un reciente sondeo según el cual en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de abril de 2002, Arlette Laguillier, saldría tercera, detrás de Chirac o Jospin, claro, pero antes que Bayrou, Madelin, Chevenent, Pasqua o Hue.
Pese a lo que la gente se cree, Arlette no es una mujer militante, con cierto carisma, ya que la más votada de los grupos de la ultraizquierda, y eso desde hace siglos, es un robot. Lo sé porque tuve una reunión con ella, a principios de los sesenta, y después de escuchar durante tres minutos mi interpretación de la España franquista, sus ojos se pusieron a girar furiosamente y una voz de ultratumba recitó el mismo disco anticapitalista que recita hoy en sus mítines con tanto éxito. Está grabada de una vez para siempre. ¡Menudo temple!, dicen algunos. ¡Vaya idiota!, digo yo. Bueno, idiota, sólo a medias, puesto que cuando se mira en el espejo cada mañana (no para afeitarse, ¡so bestias!, para lavarse los dientes, se supone), podrá decirse: yo, humilde empleada de banca (además, del Crèdit Lyonnais), me he convertido en la única candidata proletaria a la presidencia de la República francesa. Que ladren los perros, su caravana de ambiciones personales, pasa. Javier Pradera no puede decir lo mismo.
Pese a lo que escribe cierta prensa española, si en los festejos del 1 de Mayo hubo disturbios en Berlín, Londres y otras ciudades europeas, en París fue de una tranquilidad fúnebre. Escuálidos desfiles, división sindical evidente, cielo azul, aburridamente malva. Sólo la troskista LCR logró reunir una veintena de militantes, encapuchados como el top model subcomandante, quienes lanzaron simbólicos cócteles molotov –o sea, tarrinas de yogurt Danone–, contra la fachada de la patronal Medef. Claro, la televisión estaba invitada, y un orador en trench Burberry (los mejores, desde luego) echó una parrafada anticapitalista, más torpe aún que las de Arlette Laguillier. Y luego dirán que los robots no pueden sustituir a la mano de obra.

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