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Columna publicada el 25-03-2002
Mientras el Presidente Chirac estaba en Monterrey y afirmaba que si los hombres fueran buenos serían menos malos, una serie de rumores circulaban en los salones de Madame Verdurin, en torno a su principal adversario: Lionel Jospin. Las conversaciones giran en torno a la extrañeza de sus declaraciones. Por ejemplo, en el avión de vuelta de una gira electoral en Córcega, declaró a los periodistas que Chirac era un viejo trasto inútil. Evidentemente todos los periodistas transmitieron tan importantes informaciones, que fueron acogidas con silbidos en las gradas. La primera reacción de Jospin fue la de hacerse el tonto: “Creía que se trataba de una conversación privada” ¡Con periodistas! Ante las risas, declaró luego, solemnemente y por televisión, que lamentaba hacer dicho lo que había dicho. “Yo no soy así, ese no soy yo.”
Unas frases tan esquizofrénicas, después de tantas meteduras de pata verbales, por así decir, sembraron sospechas, y me entero de que su esposa, oficialmente “filósofa”, ejerce de psicoanalista. Ambas cosas no son incompatibles. Y otro rumor, más confidencial, se añade a los demás: Lionel hubiera sido paciente de Sylviane Agacinski, y, poco a poco, él desde el diván, y ella en la cabecera, como el clásico X freudiano, se hubieran transmitido flujos, esos misteriosos flujos, que, a veces, se califican de amor, y pese a los principios deontológico, Sylviane habría abandonado su puesto para revolcarse en el diván con Lionel. En tout bien tout honneur, ya que se casaron. La moral republicana quedó a salvo.
Eso no quita para que siga diciendo chorradas. Así, siempre por televisión, yo le oí declarar solemnemente: “En Francia no existe antisemitismo, únicamente actos antisemitas.” ¡Viva la razón práctica¡ Como había declarado en la prensa que Francia jamás había planeado abandonar la energía nuclear, más bien al revés, perfeccionarla, Noël Mamère, el candidato Verde olivo, se enfureció y amenazó con romper todos los cristales de la izquierda unida jamás vencida.
Con mi habitual objetividad olímpica, debo reconocer que tanto Jospin como Chirac, y sus respectivas huestes, y hasta el PCF, son realistas en esta cuestión, no como los alemanes, y ahora, por lo visto, los belgas. Bromas aparte la energía nuclear constituye la única forma de resistir a los petrodólares y al permanente chantaje de la OPEP, que ya ha creado suficientes crisis económicas, y además (y ¡vaya además!) alimenta el terrorismo. En este sentido, menos mal que tenemos en Bruselas a Loyola del Palacio.
La trotsquista Arlette Laguillier sigue con sus 9% de intención de voto en los sondeos. Comunistas y socialistas están que trinan. El domingo por la tarde, en otra emisión de televisión (todo el mundo conoce la importancia de la tele en las elecciones), Arlette se puso a llorar, cuando se evocó la muerte reciente de uno de los fundadores de su partido. Le dije a Nina: “Ha ganado 100.000 votos. Llora muy bien”. Me equivoqué, ha ganado seguramente muchos más, todas las teles de ese mismo domingo, y la prensa y las radios del lunes por la mañana, sólo hablaban de las lágrimas de Arlette, y nadie del diván de Jospin.

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