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Columna publicada el 11-04-2001
La sala es inmensa, unas dos mil butacas, quedan pocos cines así en París, por lo general los parten en cuatro, como las pizzas. La sala está llena. El presidente pide votación a mano. Un solo brazo se alza, para decir no. Una sala abarrotada y una sola mano, dice “no”. La gente se extraña, mira ¿quién es ese loco? El loco soy yo. Me siento bastante ridículo, precisamente por ser el único, pero a la vez orgulloso de haber osado votar no.
Me explico: se trata de una Asamblea general extraordinaria de la SACD (Sociedad de Autores y Compositores Dramáticos). Esto ocurría a finales del año pasado, y era “extraordinaria”, porque la anterior, el 15 de junio, no pudo concluir debido al barullo. Esa misma fecha, yo estaba en el TGV, rumbo al mar. No soy muy asiduo a esas reuniones, pero al enterarme por el boletín de la SACD del barullo, fui a ver de qué se trataba. Pues ¡menudo chasco! El nuevo presidente, Laurent Haneyman, realizador de televisión, pronunció un discurso digno de la Unión de Escritores soviéticos, de los años treinta. Desde luego, descafeinado, no hablaba de revolución mundial, ni de dictadura del proletariado, pero sí de liquidar para siempre el individualismo, el apego a la “torre de marfil”, hablaba de acción colectiva, de sindicalismo, de lucha por la excepción cultural francesa, declaré que ya había terminado el periodo en el que la SACD se limitaba a cobrar y repartir los derechos de autor, había llegado la hora, camaradas, de convertirse en organización militante.
No voy a dar la lata detallando los puntos del debate, todos votados por amplia mayoría, si no por el 99,99%, como el primero, sí por el 70 o el 80%, en los demás. Dejemos esa bazofia demagógica para ver los puntos concretos que se adoptaron, mientras estuve, porque al cabo de hora y media de cabreo, me largué. 1) Nombramiento, sin elección, de un director general de por vida, el abogado Olivier Carmet, hijo del actor Jean Carmet, con un sueldo equivalente a tres veces, sí, tres veces el sueldo de un ministro. ¿Por qué ese nombramiento a dedo y de por vida, por qué ese señor, por qué ese sueldo? Misterio ¡Tendrá fotos? 2) Aumento de las cuotas de los socios, para subvencionar actividades culturales. Alguien se atrevió a decir: podemos aceptar el principio, pero a condición de saber de qué actividades culturales se trata. La respuesta fue fulminante: no tenemos la menor idea, tratándose de algo nuevo. En próximas asambleas informaremos al respecto. Aquí, no hay el menor misterio, se trata de subvencionar a los amiguetes.
Después de esa experiencia hubiera dimitido en el acto, pero no puedo, si quiero seguir cobrando derechos de autor. Porque utilizan ese monopolio absoluto para imponer sus cambalaches. “Imponer” podrá parecer impropio, ya que los votos a favor fueron ampliamente mayoritarios, porque el sometimiento está en las mentes, y nadie se atreve a oponerse a un discurso aparentemente tan de izquierdas.
Es preciso saber que los servicios públicos en Francia –electricidad, gas, enseñanza, transportes, radiotelevisión, etc– han sido, durante decenios, feudos del PC, primero, y luego del “pluralismo” PC/PS. Hace ya treinta años, los “barones rojos” de la televisión, impusieron, entre otras cosas, la norma de que todo director (o realizador) cobrara el 50% de los derechos de autor sobre los guiones, incluso cuando no hubiera escrito una línea. Y son estos “barones rojos” quienes, cobrando, sin escribir, más derechos de autor que los autores, se han apoderado también de la SACD. Con el beneplácito del ministerio de Cultura. No sé si los extremos se tocan, pero desde luego los socialburócratas se apoyan. Y esta anécdota es casi “liberal”, comparada con lo que ocurre en la Educación Nacional. Una revolución se impone.

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