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Columna publicada el 31-03-2004
Así se la llama, bueno, algún periodista lanzó el apodo y ha cuajado. “La zapatera”, no es la esposa de Zapatero, que aún no se ha convertido al Islam, y ya está casado. Se ha convertido en símbolo de victoria socialista. Los “zapateros” serían los vencedores. Segolène Royal, la “zapatera”, pues, fue la más votada de los socialistas que arrasaron en estas regionales, y además en Poitou-Charentes, feudo que fue durante 14 años de Jean-Pierre Raffarin, otro símbolo. Segolène Royal es la más guapa de las dirigentes socialistas –bueno, mucho menos que Ana Hidalgo, primera teniente de alcalde de París, pero es que ésta es española–, aparenta al menos ser guapa, hasta que se pone a hablar y dice tales chorradas que se afea a ojos vista.
Y, sin embargo, ha triunfado y ya se ve Presidente de la República, con su compañero sentimental, François Hollande, como Primer ministro. En este marabunta de idioteces que hemos tenido que soportar con motivo de estas elecciones, una de las siendo que la “reacción cívica española” ha inspirado a los electores franceses, confundiendo miedo y civismo, he anotado algunos comentarios que me parecen de sentido común, como que no se ha votado a favor de un programa socialista inexistente, o algo peor, ya que se limitan a afirmar que el gobierno Jospin fue genial y se trataría de repetir lo mismo, cuando fueron barridos, sino que se votó contra Raffarin y su gobierno.
También ocurre que se señale la peligrosa versatilidad de los electores, que parecen no tener la menor convicción y que no votan, sino que zapean, como si de juegos electrónicos se tratara, cambiando de mayoría cada dos años. Algunos comentaristas consideran que no son las reformas las que han sido rechazadas sino más bien su ausencia, o al menos su timidez, la insuficiencia de explicación, la endeblez de una política que lucharía contra los corporativismos y los privilegios, en “aras del bien común”, o si se prefiere, en beneficio del país. También se critica, y creo que con razón, el silencio de los corderos, o sea de Chirac. El Presidente francés, quien supo arrastrar todo el país a favor de una causa nefasta: la defensa de la tiranía de Sadam Hussein, contra los USA, ante una tal derrota electoral y una crisis política nacional, no dice “ni mu”. Mantiene a Raffarin (el mejor de todos, pero el más impopular), y si en el momento en que escribo esas líneas aún no se conoce oficialmente la composición del nuevo gobierno, los rumores que circulan y según los cuales Sarkosy pasaría a Hacienda y de Villepin dejaría Exterior para Interior, no me parecen capaces de entusiasmar a las masas.
También se dice que a Jean-Louis Borloo, actual “ministro de la ciudad”, se le va a confiar un “gran ministerio de la cohesión social”. ¿Qué será eso? ¿Un chupi-chup para calmar el descontento social? De todas formas la situación económica de Francia es mala, la deuda pública, gigantesca, sigue aumentando, y el paro no disminuye, el crecimiento anunciado no llega, y todo por igual. Yo me temo que los franceses que presumen de ser muy adultos, y los “mejores del mundo” en todas cosas, en realidad sólo esperan que papá Chira se ponga farruco, dé patadas en los armarios y les ordene lo que hay que hacer y lo que deben votar. Y, por ahora, nada, papá no contesta.

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