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Columna publicada el 28-01-2004
Ese era, si no me falla la memoria, el título de una película del actor-director, Jean Yanne, recientemente fallecido. Se trataba de una grosera farsa antifrancesa, en la que se veía cómo, tras la ocupación de París por los chinos, muchos franceses se convertían al maoísmo, como tantos se habían convertido a la colaboración con los nazis, durante la Ocupación, allá por los años 40.
Esta era la moraleja de la película, pero los maoístas franceses, que existían entonces, y que nunca demostraron ápice de inteligencia, pese a sus diplomas universitarios, consideraron dicha película como un insulto a los camaradas chinos, que estaban construyendo el “verdadero comunismo”, y amenazaron la película de represalias. Creo recordar que algún petardo se lanzó en algún cine. Hoy todo es diferente, no quedan maoístas ni en Francia, ni en China, pero se celebra “el año de China”, la Torre Eiffel se engalana de rojo asiático, y el Presidente Hu Jintao, de visita oficial, crea gigantescos atascos en las calles de París. Todavía no se han enterado de que existen helicópteros.
Evidentemente, y no es ningún scoop, todas estas lentejuelas sólo sirven para adornar los intentos franceses por aumentar los intercambios económicos con China, ese “inmenso mercado”. Lo cual tiene su lógica, pero cabe preguntarse si para ello era necesario exigir a la UE que cese el boicot a la venta de armas a la gran República Popular China y, aún peor, condenar a Taiwán, que pese a todo, sigue siendo el único territorio chino democrático, frente a la inmensa China, que ha pasado del totalitarismo comunista a la dictadura de partido único (empleando los términos de Hannah Arendt), dictadura que se inyecta dosis masivas de capitalismo para salir de la miseria. Para vender (y, ¿qué podrá vender Francia?), no creo que sea necesario someterse a la política reaccionaria de Pekín. Pero, debido a sus sueños imperiales, Chirac es capaz de todo, incluso de lo peor. Grupitos de “defensores de los derechos humanos” se manifestaron simbólicamente contra la presencia, y por la estrepitosa acogida al Presidente de un país que los pisotea. Curiosamente, estos mismos señores y señoras no protestaron contra la tiranía irakí, sino contra los USA.
Hoy, miércoles 28, se presentó en el Consejo de Ministros el texto de la ley prohibiendo el velo islámico, redactado por Luc Ferry, ministro de Educación. Pero la polémica prosigue. Yo, desde luego, siempre he considerado más grave que las alumnas musulmanas se nieguen, y muchos profesores lo acepten, a asistir a ciertos cursos considerados como contrarios al Corán, a que se pongan tal o cual pañuelo, pero lo del velo se ha convertido en el símbolo principal de la paulatina islamización de diferentes sectores de la sociedad francesa, y el Gobierno, a estas alturas, no podrá rajarse, sin peligro. Pero si se limita a prohibir el velo, y no frena las otras manifestaciones de esta islamización, de nada servirá la nueva ley.

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