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Columna publicada el 05-11-2003
La mediocridad de la “excepción cultural francesa” no se manifiesta sólo en el cine, por ejemplo, con la tristeza de sus Festivales, también se manifiesta en literatura, con la tristeza de sus premios. El más comercial de todos, el Goncourt festeja su centenario y ha salido un álbum sobre el tema. ¡Menuda morriña! Por principio y afición literaria, no leo jamás los premios, bueno, hace años leí La condición humana de Malraux, pero me enteré mucho después que había obtenido el premio, allá por los años treinta. Es probable, sin embargo, que este año lea La amante secreta de Brecht, de Jacques-Pierre Amette, porque me interesa el ambiguo Brecht y conozco al autor. Fuimos (somos) ambos autores de teatro radiofónico y llegamos a coincidir en un comité de lectura, en el que participé poco tiempo, porque había que madrugar y no me gusta nada madrugar. Pero seguimos amigos. El hecho de que Amette sea el responsable, desde hace veinte años o más, de la sección de ibros del semanario Le Point, no ha debido constituir un obstáculo para la obtención del Goncourt, más bien al revés. El eterno toma y daca.
Se ha dicho que la cuisine de los premios era sencilla: se la cocían tres grandes editoriales Gallimard, Grasset, Le Seuil, y por turno. Se trata sobre todo de un buen negocio, la literatura viene después, cuando viene. Conozco un solo caso, lo cual no quiere decir que no haya habido más, en el que un presidente de la República impuso a su favorito: Mitterand lo obtuvo para Eric Orsenna, para compensarle por haber sido su “negro” durante años. Se entiende porqué Julien Gracq rehusó el Goncourt, y hasta escribió un panfleto contra los premios literarios: La littérature à l’estomac.
Pasando de la cocina editorial a la cocina política, si el otro día les contaba la furia de la izquierda ex plural, porque los trostskistas iban unidos a las próximas elecciones, pero unidos entre sí –LCR y LO– y bien separados de los otros partidos de izquierda. Desde luego su peso electoral es ligero, pero es que cada voto cuenta, porque se prevén elecciones reñidas y fuerte abstención, pues resulta que lo mismo ocurre en el seno de la mayoría, con la decisión de François Bayrou, Presidente de la UDF, de hacer también bande à part, de no unirse con la UMP y presentar sus propias listas en el máximo de regiones, o sea, de combatir a la vez a la izquierda y a la mayoría actual. Al menos en la primera vuelta, se verá en la segunda.
Esto tiene dos explicaciones, estrechamente ligadas entre sí: Bayrou está furibundo porque el nuevo partido mayoritario, o sea la UMP, se ha “comido” buena parte de la UDF, y la han “traicionado”, abandonándola, varios de sus líderes, el simpático Jean-Louis Borloo, el diputado-alcalde de Tolosa, Douste-Blazy, el de Marsella, Gaudin, y bastantes más. Asimismo, para seguir existiendo, la UDF necesita independencia y mostrar sus diferencias, sin fundirse y desaparecer en la UMP. Tampoco hay que olvidar que Bayrou, cuyas diferencias políticas con Chirac son reales, sólo tiene una meta: las presidenciales de 2007. Como Laurent Fabius, y ciento cincuenta más.

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