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Columna publicada el 12-03-2003
De sobra es sabido que el lunes pasado el presidente Chirac afirmó por televisión que Francia opondría su veto al ultimátum de los USA contra Irak en el Consejo de Seguridad. Pero me ha llamado la atención el hecho de que nadie haya comentado cómo Chirac se esforzaba por restar importancia a esta decisión. Un veto nada tiene de dramático, afirmó, Francia ya ha votado no, en 18 ocasiones, sin precisar que fue sobre todo de Gaulle, quien trataba a la ONU de machin (ese chisme); los USA más de setenta veces, etcétera. Se olvidó ¿voluntariamente? de citar a la URSS, campeona mundial de los vetos, hasta el punto de que a sus ministros de Exteriores, como, por ejemplo, Gromyko, se les había apodado “Señor “niet”.
Evidentemente, tampoco recordó que Rusia opuso su veto a los bombardeos contra Serbia, veto al que nadie hizo caso, y hoy todo el mundo lo ha olvidado, hasta los rusos, y Milosevic está detenido en La Haya. Es evidente que a Chirac no es la paz lo que le interesa, le interesa su prestigio, su fama, y lo ha logrado en proporciones de aquelarre. Claro, montado en su nube de la grandeur française, no se olvida de su amistad personal con ciertos dictadores árabes, ni de los intereses petroleros franceses en Irak, pero lo que le embriaga es el éxito. ¿Cómo es posible que el Presidente de un país como Francia pueda afirmar tamañas sandeces como que la guerra es el último recurso, que los inspectores están realizando un trabajo magnífico y que por lo tanto hay que darles el tiempo necesario para desarmar pacíficamente Irak? Primero, lo del “último recurso” es una perogrullada, de lo que se trata es de saber si no se ha perdido demasiado tiempo y, segundo, resulta cada vez más evidente que el trabajo de los inspectores sólo ha servido para proteger a la tiranía iraquí, retrasando al máximo, y con cierta eficacia, una intervención militar.
La prensa francesa, con repugnante unanimidad, compara Chirac con de Gaulle. No me parece inútil precisar que la fama del General tiene mucho de leyenda y, para dar un solo ejemplo, recordaré que cuando Presidente de la Republica Francesa fue a Canadá y lanzó su “¡Viva Québec libre!”, el Gobierno canadiense le expulsó fulminantemente de su país, y el “héroe de la Francia libre”, recogió sus trastos y se largó, como cualquier rockero acusado de consumir drogas. Pero la leyenda se quedó con su demagógico grito, sin hablar para nada de la patada en el trasero del pacífico gobierno de Ottawa. Dicho sea de paso, en diferentes y democráticas elecciones la independencia de la Belle province siempre fue rechazada.
El País, tan chiraquiano, de pronto, como su compañero sentimental Le Monde afirma que sólo un puñado de diputados de derechas está contra la magnífica política anti Bush y pro Sadam, de Chirac. Es cierto que Bernard Koucher está muy solo y muy insultado por sus camaradas, pero ya se les califique de derechas o de centro, ese “puñado”, va creciendo. Después de Alain Madelin, muy firme desde un principio, otros diputados de la difunta Democracia Liberal critican la política oficial. También algún diputado UDF se inquieta del peligro de ruptura con los USA y de la crisis europea, y hasta Pierre Lellouche, capitán de la “guardia nacional” chiraquiana, afirmaba la semana pasada en Le Figaro que la estéril y peligrosa polémica actual franco-norteamericana sólo beneficiaba al tirano Sadam Husein. Se trata, desde luego, de una minoría, frente al vendaval muniqués. Es cierto que en su show televisado con dos periodistas limpiabotas, Chirac había afirmado que las discrepancias actuales no podían poner en peligro los dos siglos de amistad y de solidaridad entre Francia y los USA. ¿Y si se tratara de otro “Viva Québec Libre”?

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