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Columna publicada el 06-06-2005
El nuevo gobierno francés, formado la semana pasada, tiene, de entrada, una característica y un enigma. Empecemos por lo segundo, es enigma saber si el primer ministro Villepin, y el de Interior Sarkozy, van a actuar como un par de bueyes bajo el mismo yugo, arando en la misma dirección; o si van a enfrentarse en un duelo mortal que terminaría con la victoria de uno de los dos en los jardines del Eliseo al alba. Sarkozy tiene una baza: ha impuesto a Chirac permanecer a la cabeza de la UMP, aun siendo ministro, cosa que Chirac le prohibió hace apenas un año, y liderar el partido mayoritario puede servir a sus ambiciones presidenciales. Villepin le tiene a Chirac, pero cabe preguntarse si aún es una baza. La característica de este gobierno es la continuidad, o sea, el inmovilismo. En él están prácticamente los mismos, aunque algunos hayan cambiado de cartera: de Robien abandona Transportes para hacerse cargo de Educación, y Perben abandona Justicia para hacerse cargo de... Transportes. Los dos ministros importantes que van a la trappe, diría el Padre Ubu, son François Fillon, que estaba en Educación, y Michel Barnier, que estaba en Exteriores, sustituido por Douste-Blazy. Barnier se va por inútil, porque hasta los bobos pueden darse cuenta de que los hay aún más bobos. Y Fillon paga los disturbios callejeros de alumnos, estudiantes y sindicatos del gremio. Pero hace un siglo –casi– que todos los ministros de Educación se enfrentan con los mismos problemas (y que todos los gobiernos se rajan), porque las “masas” estudiantiles quieren mantener sus privilegios y obtener diplomas sin estudiar. Es la primera vez, sin embargo, que dos ministros despedidos, manifiestan públicamente tan portentoso cabreo. Ni que decir tienen el gobierno promete resolverlo todo, empezando por el paro, en un santiamén. Lo de siempre.
La victoria del “no” ha agravado, como era de esperar, la crisis del PS, y el primer secretario Hollande se ha aprovechado de su propia derrota en la consulta para expulsar a Laurent Fabius y sus amigos de la dirección del partido con el pretexto de que han hecho campaña por el “no”, pese a que la postura oficial del PS fuera el “sí”. En nombre de la disciplina quiere arrinconar a sus rivales, y prefiere que su partido pierda a dejar de ser el “primero”. Todo lo que ha logrado, por ahora, es profundizar la división del PS y prepararle a la derrota. Sarkozy se frota las manos: yo me ocupo de la unión de la derecha en torno a mi ilustre persona, y Hollande se ocupa de la división de la izquierda en torno a su mísera persona. Si Lionel Jospin fuera audaz, se lanzaría al ruedo, es buen momento para él, los socialistas le quieren en los sondeos y en los salones, y puede aparecer como un recurso: más disciplinado que Fabius, menos imbécil que Hollande. Pero no es audaz, y para que se tire al ruedo, habrá que empujarle. ¿Quiénes? Pues las “masas”, o sea veinte o treinta ............. sociatas.

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