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Columna publicada el 13-05-2005
Muchos conocerán esa sensación peculiar y desagradable que se siente cuando al acostarse se encuentra uno con sábanas frías, heladas. Sensación mucho más humillante que el frío en una habitación, en la calle, o en el campo. A lo largo de mi larga vida me he topado muchas veces con ese frío particular de las sábanas, por motivos variopintos: dormitorios sin calefacción debido a la penuria, casas vacías durante meses y húmedas hasta los tuétanos, cosas así, pero es la primera vez que sufro de sábanas heladas a mediados de Mayo. Y los imbéciles que nos gobiernan y las voces de su amo mediáticas, porque el Domingo 1º de Mayo hizo sol unas horas y el termómetro alcanzó la cifra olímpica de 25 grados, se pusieron todos a una a gemir, evocando la canícula. Esto, desde luego, forma parte de la gigantesca estafa universal e institucional sobre el clima. El efecto invernadero y el insoportable calentamiento del planeta no son más que coartadas para aumentar y multiplicar los impuestos. Pues, ¡qué vengan a calentar mi cama! Reservándome, obviamente, el derecho de admisión, que no se me cuele Chirac.
Un mini escándalo, todo es relativo, pero mini en comparación con los inmensos escándalos ecológicos, políticos, “muniqueses” (como eso de la “alianza de civilizaciones”), pero escándalo que sacude el mundillo parisiense: el hombre de negocios millonario, François Pinault, el mayor y casi el único coleccionista de arte, quiso instalar su Fundación y su colección en la isla Seguin (en Boulogne-Billancourt, a las afueras de París) en los inmensos locales abandonados por Renault. Cuando dio a conocer su proyecto, Jean Nouvel, el agresivo arquitecto culpable de diferentes monstruosidades, convertidas en maravillas por ser su autor ultra progre, protestó airadamente y exigió que esos locales vacíos se dedicarán a un Templo de la clase obrera. Me resulta raro, según su propia ideología sería más coherente dedicar un monumento funerario a la explotación capitalista. Pues no, como Renault era una empresa estatal, su capitalismo era soviético, por lo tanto comunista. Buena prueba de ello es que cuando Citroën evacuó sus propios locales, en el Distrito 15 de París, nadie dijo nada, puesto que se trataba de una empresa privada, ni siquiera hablaron de este caso de “explotación capitalista”. Su sopa ideológica se ha vuelto sosa.
Pues al señor Pinault le ha ocurrido algo parecido. Tratándose de una Fundación y de una colección privadas –que no iba a cubrir toda la lujosa urbanización prevista–, la clase política, el estado, sus funcionarios, Hacienda, le han puesto tantas trabas, sometido a tantos chantajes y amenazas, que ha tenido que renunciar a su proyecto, instalándose en el magnífico Palacio Grassi, en Venecia, donde yo he visto estupendas exposiciones. Y desde luego Venecia tiene poco que ver con Boulogne-Billancourt del punto de vista artístico. Porque el arte en Francia, señores, será estatal y comunista (o al menos socialburócrata), o será expulsado, o no será. No sólo el arte; el cine, el teatro, la televisión, dentro de muy poco las editoriales, serán estatales y así se cumplirá la maldición de la “excepción cultural francesas”, o sea la muerte. Abundan los ejemplos, y hay más cuadros de los grandes pintores expresionistas en los museos privados norteamericanos que en Francia.

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