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Carta de París

Sin novedad en el frente

Confieso haberme aburrido tanto el pasado jueves durante la larga y mal realizada entrevista al presidente Sarkozy que no aguanté hasta el final y pasé a una película negra norteamericana de los años en los que aún existía cine. Pero como hubo redifusiones y comentarios a granel, creo que estoy al tanto. De todas formas, no tiene la menor importancia; como ya se ha glosado tanto sobre este acontecimiento político –y para no llover sobre mojado– me limitaré a dos cuestiones.

Respondiendo a la campaña demagógica de la izquierda –que afirma que Sarkozy y su Gobierno regalan millones de euros a los bancos y a las grandes empresas pero no ponen ni un céntimo para aumentar los salarios mínimos ni para favorecer el poder adquisitivo de los trabajadores– explicó que no se trata de regalos, sino de préstamos con intereses que a medio plazo serán una operación rentable para el Estado. La supresión de la taxe profesionnelle, impuesto que pagan las empresas ­–uno más– y que se destina a financiar a las regiones, es la medida que más ampollas ha levantado en la oposición. Según protestan los ediles de la izquierda, es un impuesto que nos permite crear escuelas, carreteras, semáforos y organizar banquetes republicanos. Pues a mí no me parece mal que se ayude a las empresas en estos momentos de crisis y, en cambio, me parece que lo que aquí se califica de "descentralización" es un aquelarre burocrático y un despilfarro.

Me pregunto si no tienen razón los socialistas cuando afirman que Sarkozy y su Gobierno hacen publicidad gratis a favor de la extrema izquierda y, muy concretamente, a Olivier Besancenot, para quitarle votos al Partido Socialista, tal y como ya hizo Miterrand con Le Pen para joder la marrana (con perdón) a la derecha republicana. Lo cierto es que jamás un diminuto partido como el Nuevo Partido Anticapitalista se han beneficiado de semejante audiencia mediática. A un viejo carcamal como yo le resulta fácil entender que ha abandonado la jerga trotskista de la lucha de clases a cambio de una jerga populista: llama a un frente de funcionarios del servicio público, pensionistas, comerciantes, parados y campesinos a destruir el capitalismo, empezando por el Gobierno. No dijo cómo. También habló de los bancos y propuso que la banca privada se convirtiera en servicio público –estatal– gestionado por los clientes y empleados. Dado que los periodistas venían con las consignas preparadas, no le dijeron que era un idiota.

Aún no he leído el libro de Pierre Pean contra Bernard Kouchner, pero de todas formas no me fío un pelo del autor. Es un personaje turbio.