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Columna publicada el 08-03-2004
Reconozco que he cometido un fallo periodístico. Por distracción, no hablé en mi última carta del chantaje de AZF. Algo había oído, sin embargo, por radio aquella mañana, pero lo asimilé a otras amenazas sin consumarse contra grandes almacenes (“si no pagáis, envenenamos los yogures”, y cosas así); de ahí mi fallo: la importancia que iba a cobrar este asunto que ha movilizado a toda la prensa, la policía y los ferroviarios. Se habla de terrorismo, lo cual es lógico. Existe, a la vez, una psicosis del terrorismo, que las autoridades piensan curar negándolo, y la realidad sangrienta del terrorismo. El grupo que ha elegido las siglas AZF, las mismas que las de esa empresa petroquímica de Tolosa que explotó hace un par de años, haciendo muchas víctimas y muchos destrozos, no me parecen constituir un núcleo de “comunistas combatientes”, o de fanáticos islamistas. Bin Laden no está.
Según sus cartas al presidente, y a Interior, publicadas por Le Monde , y en las que ellos mismos se califican de terroristas, para meter miedo, resulta clarísimo que no tienen la menor ideología, o si la tienen , al ocultan. Sus vagas alusiones políticas se basan en titulares de la prensa y en los telediarios. Lo que en cambio resulta evidente es que saben fabricar bombas, lo han demostrado, y que tienen un buen nivel educativo, para decirlo de alguna manera, porque en un país en el que pululan los analfabetos, ellos escriben correctamente, y si no dicen nada, lo dicen bien. Bueno, lo que dicen es que exigen cuatro millones de dólares y un millón de euros. Esto significa que si las cosas les salen bien, piensan largarse a un país de la zona dólar, o sea el mundo entero, salvo la UE. También son perfectamente conscientes de la fragilidad de nuestras sociedades ante amenazas como la suya: hacer volar trenes, si no se les paga lo que exigen. Ésta es, efectivamente, una amenaza que puede ser seria, y relativamente fácil de ejecutar, porque incluso si la SNCF (la RENFE gala) ha movilizado a sus agentes para inspeccionar las vías, ¿quién puede impedir que la bomba esté en la maleta que un viajero ha olvidado?
Las cosas, por lo tanto, pueden resultar más graves de lo que yo pensé en un pimer momento. Lo que me ha llamado la atención es que el Gobierno se ha rajado. Sin un fallo, digamos técnico, en una cita cinematográfica, con helicóptero y lona azul, los bandidos hubieran cobrado sus millones. Eso dice la prensa, al menos. Sarkosy, que se presenta, con éxito mediático y por lo tanto político, como el “hombre de hierro” de la seguridad, ha demostrado ser tan inútil como otros ministros de Interior de la República francesas, en casos como este.
Desde luego, las vidas valen más que los dólares, o los euros, pero la experiencia demuestra que no ceder nunca, jamás, al chantaje de terroristas o bandidos, incluso universitarios, no cuesta más vidas, al revés. Y no se trata sólo de este caso, que podría resultar dramático, porque en Córcega los atentados prosperan, y después de los recientes incendios de escuelas judías y sinagogas, hace pocos días en Annency (Alta Saboya) se incendiaron dos locales musulmanes. La seguridad ciudadana nada tiene que ver con “la guerra de religiones”. Las cosas de su incumbencia, señor ministro, no mejoran, sino que empeoran, pese a su imagen y a sus estadísticas.
En mi próxima carta les hablaré de esta “semana social”, que se anuncia como particularmente “caliente”: todos en la calle, intermitentes, investigadores, profesores, parados, testigos de Jehová y amas sin casa.

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