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La lógica aplastante de la turismofobia de la CUP

El turismo es una fuerza cosmopolita y desasnadora, mientras que el nacionalismo necesita de una población que cada vez sea más inculta y provinciana.

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Amén del rechazo que cualquier forma de violencia genera en la gente de bien, el asunto de los ataques de la CUP contra el turismo llama la atención de la mayoría porque casi todos lo vemos como una locura y un despropósito evidente: a prácticamente nadie le parece normal matar a la gallina de los huevos de oro.

Pero en realidad es justo al contrario: no hay nada más lógico que el rechazo al turismo de los ultraizquierdistas y ultranacionalistas, aunque hasta ahora no se hubiesen atrevido a cargar contra la principal industria de nuestro país –¡y del suyo!–, la única en la que ocupamos una posición de liderazgo mundial.

Las razones son varias y todas coinciden al cien por cien con el ideario de los cupaires: la primera es el lógico odio a la prosperidad de aquellos que viven de promover la miseria y la necesitan como condición sine qua non para tomar el poder y retenerlo. Porque tendemos a olvidarlo, pero la pobreza no es un resultado imprevisto del socialismo, sino la consecuencia natural de un sistema que fomenta –y pervive gracias a– la dependencia del poder de capas lo mayores posibles de la población.

Por el otro lado, del nacionalismo extremo de la CUP no cabría sino esperar un rechazo visceral del turismo: un agente modernizador como pocos, que llena tus ciudades y tu tierra, tan pura genética y culturalmente, de gente extraña con ideas distintas y, sobre todo, capaz de hacer ver a alguien que el mundo no se acaba en las reducidas fronteras del terruño.

El turismo es una fuerza cosmopolita y desasnadora, mientras que el nacionalismo necesita de una población que cada vez sea más inculta y provinciana.

A largo plazo, y en una sociedad más o menos abierta, el turismo masivo es incompatible tanto con el nacionalismo como con el socialismo, bien lo saben las dictaduras que se esfuerzan tanto en controlar y minimizar el contacto de los turistas con los indígenas.

Y bien lo sabe también la CUP, que tiene claro que, para que su proyecto totalitario triunfe en Cataluña, Barcelona no puede ser una de las ciudades más conocidas y visitadas de Europa.

Al final, la tribu siempre necesita volver a la aldea y echar al extraño.

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