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Drogas

La prohibición es un tremendo fracaso

El debate sobre la prohibición o la legalización de las drogas es una de las cuestiones de política práctica de nuestro tiempo en las que se mezclan posiciones ideológicas de calado. Curiosamente, pese a esos posicionamientos, la opinión al respecto está dividida incluso en los mismos ámbitos ideológicos. Así, hay partidarios tanto de la legalización como de la prohibición en el liberalismo, en la socialdemocracia y en el conservadurismo (bueno, aquí quizá no tanto). Es, además, uno de esos temas de los que se discute en todos los ambientes: en las universidades, en los centros de trabajo, en las barras de los bares... en todos los sitios, ya digo, salvo en el mundo de la política.

En mi modesta opinión, desde un punto de vista liberal es difícil defender la prohibición de las drogas tal y como se entiende y aplica hoy en día. Y lo es tanto por la fuerza los argumentos netamente liberales que se pueden aportar a favor de la legalización como por la debilidad de los que se esgrimen en su contra.

La más liberal de las razones para defender la legalización de cualquier tipo de sustancia es la libertad del individuo frente al Estado. Por supuesto, las drogas son malas, algunas terribles, pero cada uno debe ser responsable de lo que le da a su propio cuerpo y nadie debe obligarnos a tomar, o no, una sustancia cualquiera.

Al final, aunque las consecuencias del consumo sean muy distintas, lo que subyace en la prohibición de la heroína y de las hamburguesas gigantes es lo mismo: la injerencia del Estado en la vida del individuo, y si lo aceptamos tendremos que aceptar que se prohíba el marisco, que da gota, o el chorizo, que sube el colesterol.

Llegados a este punto, suele haber alguien que saca a relucir los costes sanitarios que supondría el que las masas consumieran drogas en una sociedad en que éstas fueran legales. Vaya por delante que las masas ya consumen drogas, así que ese parece un argumento débil; pero, asumiendo que hubiera un aumento del gasto sanitario, éste sería, sin duda alguna, mucho menor al coste de la actual estructura policial y carcelaria, que en gran parte se dedica a luchar contra el tráfico de drogas.

Por último, hay un argumento que en mi opinión es, hoy por hoy, el que más peso debería tener en una discusión seria sobre la cuestión: la prohibición es un fracaso enorme, gigantesco, sin paliativos.

Las políticas y los Gobiernos deben evaluarse en función de lo que consiguen, y si hay un objetivo que dista mucho de cumplirse es el que anima la lucha contra las drogas: por muchas prohibiciones que se apliquen, por muchos agentes de policía que se dediquen a ello y por muchas penas de cárcel que se impongan, las sustancias estupefacientes están en la calle, al alcance de cualquiera, incluso de los menores de edad. El fracaso es tan estrepitoso, que se puede obtener droga hasta en las cárceles, ámbito controlado por antonomasia. Si no fuera dramática, la cosa sería para morirse de risa.

En definitiva, la historia demuestra que el uso de determinadas sustancias estupefacientes o con fines de recreo es connatural al ser humano: de una forma u otra, ha recurrido a ellas en prácticamente todas las culturas y todas las épocas. La experiencia también nos ha enseñado que prohibir determinados hábitos no acaba con ellos y, por el contrario, genera problemas de delincuencia a una escala impensable sin prohibiciones de por medio.

Ahora bien, no parece razonable defender una legalización unilateral, desde un único país, que podría convertirse así en el drogódromo del mundo y el paraíso de todas la mafias. Lo que sí es razonable es preguntarse, como ya han hecho algunos, entre ellos Mario Vargas Llosa, si el camino que seguimos es razonable, y si nos está sirviendo de algo.

Personalmente, creo que no y, sobre todo, que cerrar los ojos es un autoengaño tan inútil y peligroso como el del drogadicto que, tras consumir su dosis y con su percepción de la realidad distorsionada por la droga, se cree capaz de volar.

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