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Lasquetty: un liberal y un político de verdad

Lasquetty era una excepción en nuestra partitocracia que premia la mediocridad y la falta de ideas.

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Javier Fernández-Lasquetty ha hecho público este martes y ha puesto fecha –muy cercana, ay- a algo que algunos ya sabíamos y lamentábamos: su abandono, esperemos que no tan definitivo como él mismo cree y asegura, de la política.

El exconsejero de Sanidad de Madrid, que todavía es diputado regional y miembro de la dirección de PP en la comunidad, no sólo deja la política sino también España: se incorpora a la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala, que a este paso se va a convertir en un refugio –tristemente necesario- para liberales españoles.

Es un pérdida, sin duda, en general para la política y en particular para todos aquellos que pensamos que nuestras vidas no pueden depender de las decisiones de los políticos y, en general, de papá Estado; para los que aspiramos a que los españoles seamos más responsables, más capaces, más libres y más ricos.

Porque Javier Fernández-Lasquetty es un liberal genuino, uno de los pocos que he conocido en el pantanoso y a veces cenagoso territorio de la política; uno de los pocos que ha tratado de devolver a la sociedad civil parte de lo que el Estado ha ido acaparando en las últimas décadas. Y es también un hombre que no sólo no ha renunciado a esos principios, sino que ha tratado de ponerlos en práctica, con realismo pero con una idea clara de cuál es el camino que es posible y razonable seguir.

Además de eso, Javier Fernández-Lasquetty es una de esas personas que honran a esa desprestigiada actividad que es la política: un hombre honesto, capaz y trabajador, un político –y de estos sí que he conocido muy pocos- en el que se podía confiar.

Era, en suma, una excepción en nuestra partitocracia que premia la mediocridad y la falta de ideas, que desprecia y teme los principios y que sólo valora lo que dicen las encuestas. Una excepción que no podía durar mucho en el actual panorama, cada vez más asfixiante, cada vez de peor calidad, más populista, menos limpio.

Algunos le echaremos de menos –lo cierto es que ya le estábamos echando de menos-, quizá sólo unos pocos, sobre todo los liberales con los que coincidía en muchas ideas y algunos conciliábulos, pero la que de verdad sale perdiendo es una democracia, la nuestra, que no está para permitirse dejar escapar políticos de ese nivel.

Que no sea un adiós, Javier, mejor hasta luego.

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