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No te vayas todavía, Rufián, no te vayas por favor, Tardá

Ahí siguen y ahí van a seguir: amarrados al escaño y al sueldo y a las dietas, que la independencia está muy bien, pero con las cosas de pillar no se juega.

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Gabriel Rufián y Joan Tardá | EFE

Este martes hemos tenido un pequeño gran alivio en la caótica sucesión de malas noticias en la que se ha convertido la actualidad nacional, muy especialmente lo que se refiere a Cataluña.

Todos nos temíamos lo peor, las esperanzas parecían cada vez más vanas, el escenario más adverso se convertía por momentos en el más probable y casi se diría que inevitable, pero al final ha saltado la sorpresa y hemos podido respirar aliviados: el grupo parlamentario de ERC seguirá en el Congreso de los Diputados tras el 1-O. ¡Aleluya!

Yo, la verdad, no las tenía todas conmigo y me estaba esperando de un momento a otro la triste despedida: ya me veía corriendo por los andenes de Atocha, empapado por la lluvia y mis propias lágrimas, despidiendo con un pañuelo al aire a Rufián y a Tardá, a Tardá y a Rufián, ese dúo cómico al que ya saben ustedes que profeso un cariño especial y que tarde tras tarde hace las delicias del respetable en el Congreso.

Rufián y Tardá, Tardá y Rufián, son algo así como el bombero torero del parlamentarismo, un espectáculo bufo, sí, pero también con cierto peligro: sesión tras sesión del Congreso, la vaquilla de la verdad les da sus buenos revolcones, que ellos aguantan con rostro impertérrito, como si pese a haber recibido ya varias tarascadas se sintiesen obligados a hacernos creer que todavía no se han dado cuenta de que hay una verdad suelta en el Hemiciclo.

Quién podía imaginar que, tras tanto golpazo en el Congreso y tras pasar tantos malos ratos en Madrit, sufriendo en sus propias carnes el españolismo y la opresión de esta dictadura franquista, Rufián y Tardá quisiesen seguir aquí cuando se abran los cielos de la libertad en Cataluña.

Quién iba a pensar que en Tardá y Rufián habría tal entereza, tal presencia de ánimo, tal espíritu de sacrificio. Que en lugar de disfrutar del trabajo bien hecho en la Ítaca tantas veces soñada se quedarían aquí, en el barro de esta ciudad oscura, anticatalanista y tercermundista que es la capital del Estado español.

Porque si lo único que compensaba de verdad tanto sufrimiento y tanto dolor era saber que estaban luchando por los oprimidos, ¿qué les hará levantarse cada mañana a partir del uno de octubre, cuando los ríos de leche, miel y catalanismo corran libres por toda Cataluña?

Pero no, mientras cualquiera de nosotros se marcharía a correr en taparrabos por la Diagonal con el vent de Raimon dándole en la frente, Rufián y Tardá ahí siguen y ahí van a seguir: amarrados al escaño y al sueldo y a las dietas, que la independencia está muy bien, pero con las cosas de pillar no se juega.

Bueno pues molt bé, pues que siga la fiesta.

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