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Por las primarias y contra las primarias

Elegir a los líderes de los partidos es algo demasiado importante como para que lo hagan sus afiliados solitos.

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Con la llegada del Congreso del PP, y sobre todo después de que Cristina Cifuentes haya puesto el tema encima de la mesa, la cuestión de las primarias va a volver a aparecer en los análisis y las opiniones, ahora que parece que ese es el único método válido para que los partidos tengan un funcionamiento democrático como les exige la Constitución.

Personalmente, he de confesarles que, después de haber conocido a bastantes militantes de bastantes partidos, cada día estoy más convencido de que elegir a sus líderes es algo demasiado importante como para que lo hagan ellos solitos.

Quizá esto les parezca una boutade, pero lo cierto es que, según mi experiencia, la militancia en una organización política es, al menos en España, la forma más segura de alejarse de la racionalidad y adentrarse en el hooliganismo político, mucho peor que el futbolístico, puesto que equivale a expulsar a la razón de un ámbito en el que debería ser la única ocupante, que para los sentimientos y el cariño incondicional ya están la familia, los amigos y, precisamente, el fútbol.

Por otro lado, la experiencia tampoco nos hace ser muy optimistas: elegidos en primarias han sido Trump, el absolutamente impresentable Corbyn y nuestro ya casi olvidado Sánchez, por poner sólo tres ejemplos recientes. A la luz de estas y otras convocatorias similares, parece obvio que los militantes de los partidos no siempre están en línea con sus votantes, y no digamos ya con lo que conviene a sus países. Lo dicho, y que me perdonen: que no nos podemos fiar de ellos para algo tan importante.

Peor es aún el hecho de que, convenientemente manipuladas por una cúpula medianamente hábil, al final las primarias sólo son parte de un proceso de reafirmación del líder supremo que además le da carta blanca para laminar toda oposición o discrepancia interna, y si no atentos a Vistalegre II y a los movimientos de piolet posteriores.

Sin embargo, no siempre los resultados son tan desastrosos, y ahí tenemos las últimas primarias de la derecha francesa, que parecen haber sido un éxito y a las que probablemente debamos mirar como un ejemplo en el futuro: participación masiva, candidatos de calidad y elección de una figura que parece la más adecuada y la que más posibilidades electorales tiene. Está claro que el método es importante.

Además, por supuesto, de que la falta primarias tampoco es garantía de una elección adecuada: ahí tienen al glorioso Moreno Bonilla, de profesión paracaidista y protagonista de uno de los episodios de sucesión peor gestionados de la historia. Sus éxitos políticos y electorales desde entonces lo avalan como un perfecto ejemplo… a no seguir.

Como pueden ver, no soy precisamente un entusiasta, pero al fin y al cabo es posible que a las primarias les ocurra lo mismo que a la democracia en general: que sean el peor sistema posible… con excepción de todos los demás.

En España

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