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Por qué las fotos del terror sí deben mostrarse

Creo que es bueno que un atentado deje una huella inequívoca, ayudando a elevar el muro de repugnancia moral que debe separarnos de los asesinos.

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Uno de los problemas de la España actual es, sin duda, que estamos en una sociedad infantil o, todo lo más, adolescente. Una sociedad que necesita ser protegida de la realidad cuando ésta es desagradable. El problema, lástima, es que la realidad sea tan a menudo desagradable y en no pocas ocasiones terrible.

Sé que éste no es el único motivo por el que se crea una polémica tan viva como la que se ha montado alrededor de las imágenes de víctimas del atentado de Barcelona, pero no puedo evitar pensar que sí es una de las razones de fondo que la alimenta.

Personalmente pienso que sí es necesario publicar esas imágenes, por supuesto con todas las cautelas, por supuesto tratando de que los familiares no puedan reconocer a una víctima en una portada o un tuit, pero mostrando con claridad los horribles efectos de algo tan perverso como el terrorismo. Creo que es bueno que un atentado deje una huella inequívoca en mente –y en el corazón, si me permiten decirlo así- del público, ayudando a elevar en cada uno de nosotros y en la sociedad en su conjunto el muro de repugnancia moral que debe separarnos de los que asesinan inocentes. Un muro que hoy parece altísimo, pero que en España sabemos que empieza a decrecer desde unas pocas horas después de cada crimen y que, al final, es tan bajito que un Otegi cualquiera pasa por encima.

Algunos hacen objeciones a esta visión que me parecen razonables, como que la publicación de esas imágenes es hacerle el juego a los terroristas porque ellos pretenden, precisamente, generar terror. Desde mi punto de vista no es cierto: para que fuese así las imágenes y los vídeos deberían tener la cuidada factura de los vídeos del ISIS que hemos visto –recalco: que ya hemos visto- en los que la escenografía, el montaje o la posición de la cámara no se dejan al azar. Sin ese trabajo muy profesional detrás, el vídeo o la fotografía que muestra el dolor de un inocente puede crear miedo, sí, pero causa bastante más asco.

El segundo argumento es la dignidad de las víctimas, y créanme que me cuesta mucho entenderlo: ¿es que hay algo indigno en ser una víctima? Últimamente se usa mucho esa palabra de formas que no dejan de sorprenderme, como si la verdadera dignidad pudiera arrebatarse a un ser humano por ser pobre, anciano o víctima de un islamista hijo de puta.

Les pondré un ejemplo: no conozco a nadie cuyo ejemplo vital sea más digno que el de Irene Villa, y no pierde ni un ápice de esa dignidad cuando contemplo –aún estremecido- las terribles imágenes del atentado que le cambió la vida. Las víctimas como Irene -y otras muchas en España, por desgracia- pueden ser símbolos de la sociedad precisamente porque hemos contemplado de cerca la dimensión del horror que han sufrido, porque su dolor nos han sacudido la conciencia. ¿Qué puede haber más digno que eso? ¿Cómo pueden la admiración y el cariño quitarle la dignidad a nadie?

Sinceramente, creo que en algunos casos tras este afán censor hay, además del infantilismo que ya he mencionado y de estas honradas precauciones que entiendo aunque no comparto, un interés ideológico que no se atreve a expresarse abiertamente, pero que dicta qué víctimas deben verse y cuáles deben ocultarse. Algo que se relaciona en ocasiones con lo que parecemos considerar víctimas de primera y de segunda, pero que sobre todo es una forma de señalar qué victimarios y qué discursos deben denunciarse y cuáles, por el contrario, deben protegerse o, al menos, esconderse.

Pero si el mejor apoyo que podemos dar los que sufren el terrorismo es empatizar con su dolor y luchar contra los terroristas, ninguna forma de empezar será mejor que contemplar en toda su crudeza los efectos que una bomba o una furgoneta producen cuando son lanzados contra inocentes indefensos. Sí, debemos verlo, debemos al menos sufrir eso.

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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