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Trump, Jerusalén y "el polvorín de Oriente Medio"

Jerusalén es ya la capital de Israel, lo ha sido históricamente sin ningún lugar a dudas y lo es en la práctica desde hace décadas.

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Trump muestra el documento firmado | Cordon Press

No me gusta Donald Trump, me parece un demagogo y, en general, creo que está equivocado sobre muchísimas cosas y, encima, que su forma de expresarse y conducirse es impropia para un hombre con su responsabilidad. No creo que esté siendo un buen presidente y, aunque esto ya es una especulación, no creo que acabe siendo un buen presidente.

Dicho lo anterior, la decisión que tomó este miércoles sobre la capital de Israel me parece acertada, y voy a tratar de explicarles por qué.

En primer lugar, porque es la realidad: además de conocer la maravillosa Ciudad Vieja el turista que visite Jerusalén podrá encontrar allí la sede del Gobierno y las de los diferentes ministerios; las residencia oficial del presidente y la del primer ministro; la Knesset, que es como se conoce al parlamento israelí; la Corte Suprema, que es el tribunal más importante del país; el Museo de Israel, que la gran colección arqueológica y cultural nacional del Estado hebreo… hasta Yad Vashem, el gran museo sobre el Holocausto mira al resto de la ciudad desde las colinas de Jerusalén.

En resumen: Jerusalén es ya la capital de Israel, lo ha sido históricamente sin ningún lugar a dudas, lo es en la práctica desde hace décadas y lo es, por tanto, de la misma forma en que una ciudad es la capital de cualquier Estado europeo actual: por su historia, por su presente y por las instituciones que allí se agrupan. Y esto es válido, por poner sólo unos ejemplos, para que París, Madrid, Londres o Berlín sean capitales de Francia, España, Gran Bretaña y Alemania, respectivamente.

Estados soberanos, por cierto, que coinciden en otro detalle de cierta importancia: han elegido como capital la ciudad que les ha dado la gana, sin injerencias externas y sin tener que soportar ficciones patéticas como que las embajadas estén en Tel Aviv, eso sí, muy al gusto de cuerpos diplomáticos que disfrutan así de las playas y la vitalidad de la ciudad en la costa, mucho más agradable como residencia que la capital en la que deberían estar si quisiesen hacer bien su trabajo.

"El polvorín de Oriente Medio"

Trump se ha limitado, por tanto, a reconocer una realidad que sólo el injusto y completamente discriminatorio trato que la comunidad internacional dispensa a Israel ha negado hasta ahora. Pero incluso algunos de los que están de acuerdo con esto alertan, en muchos casos desde la mejor de las intenciones, sobre el "polvorín de Oriente Medio" y las nefastas consecuencias que este reconocimiento puede tener en una zona especialmente inestable del planeta.

Quizá me equivoque, pero creo que bajo estas preocupaciones hay un voluntarismo que no se sustenta sobre hechos. Sí, no hay que descartar que esto genere una oleada de disturbios y violencia como las que suelen generarse en la calle palestina –y en las calles de Jerusalén– por las excusas más peregrinas y, habitualmente, falsas. Pero ¿qué va a cambiar en el escenario a medio plazo?

Yo creo que nada o muy poco: por ejemplo, no va a afectar al proceso de paz porque ese proceso está muerto en este momento, y si creen que no es así díganme cuándo estaban previstas las próximas negociaciones y qué interlocutores iban a tomar parte en ellas.

Tampoco va a cambiar lo que piensan de Israel enemigos como Hezbolá, Hamás o el propio Irán, que desde hace mucho tiempo sólo quieren la destrucción del Estado Hebreo. Y no va a cambiar la realidad de que aquellos que están tan fanatizados como para cometer un atentado, que no lo harán o dejarán de hacerlo porque Jerusalén sea reconocida o no como capital, sino que atentarán si encuentran alguna oportunidad, cosa que habitualmente buscan con afán y que sólo la eficacia de las fuerzas de seguridad israelíes logra evitar en la mayoría de las ocasiones.

Ni Israel ni su capital son, por otra parte, los problemas de una región en la que hemos visto en los últimos años el horror de la guerra en Siria –con la que el Estado Hebreo no ha tenido nada que ver–, la brutalidad del ISIS –lo mismo–, las cuatro décadas de fanatismo teocrático en Irán o la situación tan precaria de Irak. Asimismo, Israel tampoco ha tenido nada que ver en la desestabilización de Egipto, ni en la guerra en el Yemen ni en la locura que parece haberse apoderado, otra vez, de la política interior del Líbano. "El polvorín de Oriente Medio", en suma, está bien cargado de explosivos sea la capital de Israel Jerusalén, Tel Aviv o, pongamos, Calasparra.

Trump, que sólo cumple una ley que Congreso y Senado aprobaron por abrumadora mayoría en 1995, además ha hecho un comunicado espléndido en el que se compromete a seguir apoyando una solución de dos estados para Israel y Palestina y a colaborar en lo que pueda a lograr una paz que hoy parece muy lejos, pero no más de lo que estaba hace dos días.

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