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Alsasua como síntoma

El odio generado por ETA a todo lo que signifique España ha prendido desde hace tiempo en importantes capas de las sociedades vasca y navarra

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EFE

Los acérrimos defensores del mal llamado proceso de paz, eufemismo utilizado para designar la negociación política que Zapatero llevó a cabo con ETA y que Rajoy heredó sin rechistar, dirán que la brutal agresión de este fin de semana en Alsasua a dos guardias civiles y a sus novias por parte de cincuenta energúmenos del llamado entorno de ETA es simplemente un episodio aislado, que no conviene no exagerar ni dramatizar.

Para otros, entre los que me encuentro, lo sucedido en esta localidad navarra –donde en las elecciones municipales de 2015 Geroa Bai y EH-Bildu consiguieron el 58,22% de los votos, lo cual da una idea de la composición sociopolítica del lugar– no es más que la consecuencia lógica de lo que ETA y su mundo han sembrado durante tantos años con sus crímenes y con la justificación de los mismos.

Hace ya bastantes años –al comienzo de la década de los 80, cuando ETA cometía un asesinato cada tres días–, una persona perfectamente conocedora de la realidad sociológica vasca, proveniente de la Guipúzcoa profunda, me comentó que cuando la banda terrorista acabase con sus asesinatos haría falta que pasasen al menos dos generaciones para que la sociedad vasca pudiese empezar a salir del pozo de podredumbre y ruina moral en que ETA la había hundido. Y en esas estamos.

El odio generado por ETA a todo lo que signifique España –da lo mismo que sean cargos públicos de partidos constitucionalistas, servidores públicos que visten un uniforme como el de la Guardia Civil, la Policía Nacional o el Ejército, la bandera nacional, etc.– ha prendido desde hace tiempo en importantes capas de las sociedades vasca y navarra, sobre todo en los jóvenes, que además han sido convenientemente adoctrinados en determinados centros de enseñanza en ese odio a España.

ETA ha sido derrotada por el Estado de Derecho, repiten como papagayos no sólo los hooligans rubalcabistas o zapateristas, también, lo que es más triste, los rajoyistas, empezando por su ministro de Interior, que, por cierto, en lugar de desplazarse a Alsasua, visitar a los heridos y acompañar a la Guardia Civil, prefirió delegar esa misión en el director general de la Benemérita, con la excusa de que tenía que asistir este domingo a la canonización de un santo español en la Plaza de San Pedro, en representación del Gobierno.

Es verdad que ETA ya no mata y eso, claro, supone un gran alivio, sobre todo para quienes eran objetivos de la banda terrorista, entre ellos los guardias civiles. Es verdad que la gente que tenía que llevar permanentemente escolta puede en su mayor parte vivir en la actualidad prescindiendo de esa medida de seguridad. Pero tan cierto es eso como que una parte nada desdeñable de la sociedad vasca –y, a estos efectos, hay zonas de Navarra totalmente equiparables– padece una enfermedad moral muy grave, consecuencia de tantos años de terrorismo de ETA; pero también de haber, como mínimo, mirado para otro lado cuando los que eran asesinados eran guardias civiles, policías nacionales o militares. Cuánta miseria y degradación moral encerraba el "algo habrá hecho" que durante bastante tiempo se decía o se pensaba por parte de algunos tras los crímenes de ETA.

Por eso, qué razón tenía esa persona a la que antes me he referido y que pronosticaba la necesidad de que pasaran dos generaciones para que el pueblo vasco se recuperara del daño moral causado por el terrorismo. ETA no mata desde 2009, y si no lo hace es, entre otras causas, por la valerosa y eficaz acción de una institución tan querida y apreciada por los españoles como la Benemérita. Ya lo dijo hace años el difunto Mario Onaindía, que por su trayectoria sabía de lo que hablaba: "Menos mal que en la lucha contra ETA siempre nos quedará la Guardia Civil".

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