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Una de las consecuencias más letales del proceso independentista vivido en Cataluña durante estos últimos años es la autodestrucción de Convergència i Unió.

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Una de las consecuencias más letales del proceso independentista vivido en Cataluña durante estos últimos años es la autodestrucción de un partido, Convergència i Unió, que desde la restauración de la democracia ha sido clave en la gobernabilidad de aquella comunidad autónoma y, en muchos momentos, también en la de España.

¿Qué queda de esa CiU con la que los sucesivos aspirantes a la Presidencia del Gobierno quisieron contar no sólo en su investidura, sino para sacar adelante cada años los Presupuestos Generales del Estado u otras leyes o pactos importantes? Es verdad que CiU nunca quiso entrar en el Gobierno de España, y eso que algunos presidentes –concretamente Felipe González y Aznar– lo intentaron en diversas ocasiones, y con ofertas atractivas en cuanto a carteras ministeriales. Pero Pujol jamás dio el visto bueno a ese nivel de implicación de su partido, para desconsuelo, entre otros, del eterno aspirante a la cartera de Exteriores José Antonio Durán Lleida.

Echando un vistazo al histórico de las autonómicas en Cataluña, el balance para los exconvergentes no puede resultar más desolador: desde su mejor registro, 72 escaños en las autonómicas de 1984, el declive ha sido lento pero constante: 60 escaños en 1995, 56 en el 99, 46 en 2003, 48 en 2006 y 50 en 2012, que es la última vez que se presentaron con lista propia, antes de que en las autonómicas de 2015 hicieran la coalición de Juntos por el Sí con ERC, cuya trayectoria ha sido justo la opuesta: de los 5 escaños de 1984 pasó a 13 en 1995, 23 en 2003 y 21 en 2006 y 2012.

Para las elecciones del próximo 21 de diciembre, todas las encuestas dan a ERC como el partido más votado, con una horquilla de escaños de entre 42 y 46, mientras que el PDeCAT quedaría en quinta posición, con entre 13 y 17. Pueden estar orgullosos los Pujol, Mas y Puigdemont de su hazaña, por otra parte nada sorprendente, pues cuando un partido se desdibuja tanto que se hace irreconocible, cuando se pone en manos de un partido radical y antisistema como la CUP hasta el punto de entregarle la cabeza de su líder (Artur Mas), los votantes optan por dar su apoyo al original, en este caso ERC, en lugar de a la fotocopia.

Lo lógico sería que el PDeCAT intentara resituarse en el tablero catalán y tratara de ser el referente de un nacionalismo no tanto moderado –porque eso es una contradicción en sus propios términos– como al menos más inteligente y pragmático, al estilo de lo que lleva haciendo en los últimos años el PNV en el País Vasco. En esa lógica, la operación Santi Vila, que efectivamente tiene toda la pinta de estar pilotada desde importantes e influyentes despachos madrileños, tendría su sentido, si no fuera porque Roma no paga traidores y al exconseller de Empresa le va a costar mucho quitarse esa imagen de alguien que saltó del barco un minuto antes de que encallara. Si Vila quiere jugar este partido, tendrá que hacerlo en otras siglas, y ya se sabe que ese tipo de experimentos no suelen salir bien.

Habrá que ver las sumas que se pueden hacer el 21-D por la noche para formar Gobierno en Cataluña. Pero lo que es seguro es que en algunas de ellas no estará la antigua CiU y en otras, si aparece, lo hará con un papel secundario y después de haber obtenido el peor resultado de su historia. Es decir, en una posición de debilidad que es lo peor para alguien que ha tenido tanto poder e influencia durante tantos años, en Cataluña y fuera de ella.

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