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Santiago Abascal, el País Vasco y España

Abascal siempre tuvo claro que había que sacrificar cualquier interés personal o partidario a un ideal superior: la defensa de España y de la libertad en el País Vasco.

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Vox

Cuando se escriba la historia verdadera, no la que quieren contar el mundo de ETA y el PNV, de lo que ha pasado en el País Vasco en los últimos cincuenta años, Santiago Abascal Escuza habrá de ocupar un lugar de honor, junto a otros tantos vascos o no que, por defender la libertad, la democracia y la Constitución, fueron asesinados, perseguidos, amenazados o, como en el caso de Santiago, sufrieron atentados, ellos y sus negocios, por parte del conglomerado de la banda terrorista ETA. Personas que, a pesar de todo, permanecieron al pie del cañón, sin rendirse, sin ceder ante el chantaje terrorista ni ante el clima asfixiante creado por el nacionalismo obligatorio del PNV. Personas con ideales, con principios.

Abascal se nos ha ido dejando tras de sí una labor y un trabajo políticos que, quizá por su forma de ser –era una persona sin ningún afán de protagonismo–, no son suficientemente conocidos. En los inicios de la década de los ochenta fue una de las piezas clave, junto a Jaime Mayor Oreja, a la hora de fraguar la unión del centro-derecha en el País Vasco, lo que se llamó la Coalición Popular, en la que estuvieron UCD, AP, el PDP y el Partido Liberal. Una experiencia que fue pionera en el País Vasco y que a escala nacional acabó en la refundación del PP en el Congreso de Sevilla (1990).

Eso lo apoyó e impulsó Abascal porque veía clara la necesidad de articular en la Comunidad Autónoma Vasca un proyecto político que plantara cara al nacionalismo del PNV y por supuesto al terrorismo de ETA, que hay que recordar en aquellos años era especialmente intenso. Abascal siempre tuvo claro que había que sacrificar cualquier interés personal o partidario a un ideal superior: la defensa de España y de la libertad en el País Vasco.

Eso fue lo que también le llevó a celebrar de una manera especial durante mucho tiempo la festividad del 12 de Octubre en su querido Valle de Ayala, una zona especialmente hostil a quienes defienden ideas como las suyas. Durante muchos años, el 12 de Octubre empezaba para Abascal con una visita al cuartel de la Guardia Civil de Amurrio, y posteriormente se juntaba con amigos y simpatizantes del PP de la comarca en una misa y en una comida de hermandad. Era su forma de celebrar el Día de la Hispanidad en un lugar, reitero, no precisamente cómodo. Esa celebración la mantuvo hasta que en el PP del País Vasco las cosas empezaron a cambiar, en 2008, con la dimisión de María San Gil, y el partido empezó a tomar un rumbo con el que no estaba nada de acuerdo.

Pero incluso en esas circunstancias de desencuentro profundo Santiago Abascal se comportó como un auténtico señor. Ni una palabra más alta que otra. Eso sí, manifestaba donde, cuando y ante quien fuera preciso sus opiniones, sus discrepancias. En 2015 anunció a su partido que no quería repetir como candidato por el Valle de Ayala a las Juntas Generales de Álava, y tras un periodo breve de apartamiento –ya habían comenzado sus problemas de salud– se incorporó a Vox, el proyecto político que preside su hijo Santiago; siglas estas con las que fue candidato por Álava en las elecciones generales de junio del pasado año.

Santiago Abascal se ha ido rodeado del cariño y de los cuidados que le han dispensado en los últimos meses su mujer, sus tres hijos, sus nietos, y eso al final es lo más importante en la vida. También sería deseable que su legado humano y político fuera conocido y asumido por mucha gente, sobre todo por los jóvenes y no tan jóvenes del PP, un partido que debe mucho a este buen vasco y mejor español. Descanse en paz.

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