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Soraya, el PNV y el PP vasco

Carlos Urquijo ha sido uno de los mejores delegados del Gobierno que ha habido en el País Vasco. Ahora, el PP lo sacrifica para contentar a los nacionalistas.

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Carlos Urquijo | Archivo

Con nocturnidad –le llamaron la víspera del Consejo de Ministros– y con alevosía –la llamada la hizo un secretario de Estado–, el Gobierno destituyó el pasado viernes a Carlos Urquijo, delegado del Gobierno en el País Vasco desde 2011.

La operación, comandada por la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y por su leal sorayo, el presidente del PP vasco, Alfonso Alonso, tiene el mismo objetivo que lo que se hizo en Cataluña hace unas semanas. Si en el caso catalán se nombró como delegado del Gobierno a Enric Millo, proveniente del mundo nacionalista, en un claro gesto hacia la Generalitat, en el caso vasco, y con el propósito de allanar el camino para tener una buena relación con el PNV, al que Rajoy va a necesitar para aprobar los Presupuestos, se ha procedido al relevo de Carlos Urquijo.

De paso, Alonso ha conseguido desplazar de la presidencia del PP de Álava –el único territorio donde los populares vascos pintan algo– a Javier de Andrés, que ha sido nombrado nuevo delegado del Gobierno, y poner al frente del partido en esa provincia a Iñaki Oyarzabal, uno de los responsables directos –junto al propio Alonso, Semper, Maroto, Damborenea, el exiliado Basagoiti y la desaparecida Quiroga– de la irrelevancia social y política del PP vasco desde que, en 2008, María San Gil decidió, harta de Rajoy y de la deriva que estaba tomando el partido, irse a su casa.

Carlos Urquijo ha sido uno de los mejores delegados del Gobierno que ha habido en el País Vasco, desde que en 1980 Marcelino Oreja fuera el primero, nombrado por el Gobierno de Adolfo Suárez. Urquijo fue durante estos años una persona incómoda, no sólo para el PNV, también para el entorno de ETA, por el simple hecho de velar desde la institución que dirigía por el cumplimiento de la ley y por denunciar ante los tribunales o ante la fiscalía cualquier actuación que supusiera apología del terrorismo u ofensa a las víctimas.

El PNV tiene motivos para estar feliz. El Gobierno de Rajoy le ha entregado en bandeja de plata la cabeza de alguien que le hacía frente, insisto, con el sólo hecho de velar por el cumplimiento de la ley; y al mismo tiempo el Gobierno no disimula nada que está dispuesto a hablar y a negociar lo que haga falta para conseguir el apoyo de los nacionalistas vascos en el Congreso de los Diputados. Eso, en el caso del PNV, siempre se traduce en más dinero, en más inversiones. Y, en segundo lugar, los nacionalistas vascos que siempre juegan a varias bandas, exigirán una nueva política penitenciaria que conlleve el acercamiento de los presos de ETA a las cárceles del País Vasco y pedirán al Gobierno de Rajoy que sea "generoso" a la hora de administrar el escenario del fin de la violencia, petición que, viniendo de quienes nunca han arrimado el hombro para llegar a ese escenario, la convierte en altamente preocupante.

Los nacionalistas en general y el PNV en particular son unos expertos en oler y detectar la debilidad del adversario político y en aprovecharse al máximo de ella. La destitución de Urquijo es una evidente muestra de debilidad del Gobierno de Rajoy, aunque Soraya piense que eso allanará el camino y facilitará las cosas para entenderse con el partido de Urkullu y Ortuzar. Estos entrarán a ese diálogo con el Ejecutivo mientras vean que pueden sacar tajada. Cuando consideren que ya no les conviene seguir sentados a la mesa, se levantarán como han hecho en tantas ocasiones. Y de paso consiguen que el PP vasco siga siendo percibido como algo perfectamente prescindible a la hora de votar, porque lo útil es votarles a ellos. Este es el gran logro de Soraya, de su sorayo Alfonso Alonso y del jefe de ambos.

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