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Veinte años sin Gregorio Ordóñez

Cuando se van a cumplir veinte años de su asesinato, no está de más preguntarse con qué cosas no tragaría Goyo si continuara entre nosotros.

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Estas pasadas Navidades, en vísperas de fin de año, viajaba de Madrid a Vitoria cuando paré a tomar un tentempié en la cafetería de un conocido hotel –sitio obligado para los madrileños y bilbaínos…– ubicado a las afueras de Burgos. El local estaba abarrotado y con el consiguiente ruido, pero eso no me impidió oír que alguien me llamaba por mi nombre desde una mesa. Era Ana Iríbar, la mujer de Gregorio Ordóñez, de cuyo asesinato por ETA se cumplirán este viernes veinte años. Ana, a la que conozco y admiro desde hace mucho tiempo, estaba acompañada por un chico joven que me presentó en cuanto me acerqué a saludarles: era su hijo Javier, que tenía menos de un año cuando mataron a su padre.

Hablamos unos breves momentos y después ellos se fueron para continuar viaje a Madrid. Cuando salieron por la puerta, me vino un sentimiento mezcla de dolor, tristeza, rabia e indignación al pensar lo que tanto Ana como Javier han tenido que pasar en estos últimos veinte años por la sinrazón y la bestialidad de unos terroristas que hace dos décadas dejaron a una mujer sin marido y a un bebé sin padre.

Cuando este pasado domingo Ana Iríbar le contaba a ese magnífico periodista que es Fernando Lázaro en El Mundo –en uno de esos reportajes que mucha gente debería tener casi como texto de cabecera para no olvidar nunca a las víctimas del terrorismo– que uno de los momentos más duros a los que se ha tenido que enfrentar fue cuando su hijo, con cinco años, se plantó delante de ella y le preguntó "Mamá, ¿cómo murió mi padre?", me vino a la memoria el reciente encuentro de estas Navidades. Volví a tener los mismos sentimientos que he descrito, acrecentados por el asco y la repugnancia que me ha producido ver los actos de homenaje que durante el fin de semana han dispensado en Mondragón al torturador-carcelero de Ortega Lara y asesino de tres guardias civiles Josu Uribetxeberria Bolinaga, fallecido el pasado viernes después de que el Gobierno de Rajoy le pusiera en libertad hace treinta meses aduciendo que padecía una enfermedad terminal.

En el citado reportaje de El Mundo, la viuda de Gregorio decía:

Mi gran batalla ha sido que nuestro hijo no viviera en el odio, no se contagiara de ansias de venganza. No. Que tuviera una vida. De todos, la mayor de las víctimas es él, se quedó sin padre, sin la persona de referencia clave para un niño. Él es la mayor de las víctimas del asesinato de Gregorio.

La grandeza y fortaleza moral que demuestran estas palabras de Ana Iríbar, al igual que las de tantas víctimas del terrorismo menos conocidas, es la mejor lección que podemos aprender los demás. Siempre he creído, estoy seguro que como muchos ciudadanos, que las víctimas del terrorismo son lo mejor de nuestra sociedad, su parte más noble. Y el ejemplo dado por la viuda de Gregorio Ordóñez, o por Ortega Lara deseando, estoy seguro que de forma absolutamente sincera, que uno de sus secuestradores pueda "descansar en paz" y encontrar en la otra vida "la paz que no encontró en esta", así lo ponen de manifiesto.

ETA sabía muy bien a quién mataba el 23 de enero de 1995 cuando Javier García Gaztelu, avisado por Valentín Lasarte, entró en el bar La Cepa de la parte vieja de San Sebastián y acabó con la vida del político popular. Gregorio era en aquellos años el bastión de resistencia más importante que los no nacionalistas tenían en San Sebastián, y se estaba convirtiendo en un sólido adversario político tanto para los dos partidos nacionalistas, PNV y Eusko Alkartasuna, como para los amigos de ETA.

Cuando se van a cumplir veinte años de su asesinato, no está de más preguntarse con qué cosas no tragaría Goyo si continuara entre nosotros. No creo equivocarme si digo que la primera y principal es que no toleraría que su ciudad, San Sebastián, y su provincia, Guipúzcoa, estuvieran gobernadas por el brazo político de ETA. Gregorio le hubiera puesto las peras al cuarto a Rajoy para que este, con su mayoría absoluta, hubiese iniciado al llegar a La Moncloa, en el 2011, el proceso de ilegalización de las marcas políticas de la banda terrorista que volvieron a las instituciones gracias a Zapatero, al expresidente del Tribunal Constitucional, Pascual Sala, y a la inacción del actual presidente del Gobierno.

Y lo haría porque Gregorio, a diferencia del ministro de Interior y de algunos de los dirigentes del PP vasco, tendría y seguiría teniendo muy claro que ETA, aparte de una banda terrorista, es un proyecto político de corte totalitario que lo que busca es la ruptura de España y la implantación de una república socialista en el País Vasco. Gregorio daría la batalla política e ideológica para que la verdadera historia de lo que ha pasado en el País Vasco en los últimos cincuenta años la contaran las víctimas y no los verdugos; daría la batalla para que quedara claro, con hechos, que en el final de ETA claro que tiene que haber vencedores y vencidos.

Gregorio no toleraría que en su partido, a nivel provincial, regional o nacional, hubiera dirigentes que no dieran esa batalla decidida por la libertad, por la democracia, buscando sin paliativos la derrota total de ETA y de todo lo que ETA representa. No consentiría que en su partido ocuparan el menor cargo de responsabilidad personas como su sucesor al frente del PP de Guipúzcoa Borja Sémper, que cree que el futuro del País Vasco hay que construirlo con Bildu; o como el secretario del área de Libertades y Justicia de la Ejecutiva Nacional del PP, Iñaki Oyarzábal –nombrado por Rajoy para ese puesto–, que acaba de declarar no ser partidario de la ilegalización de Sortu después de que el presidente de este brazo político de ETA dijera que hay que dar "jaque mate" a la Guardia Civil. No es que Gregorio no pasara por eso; es que con Gregorio en política personajillos como los citados y algunos más no tendrían sitio en el mismo partido.

En el 20º aniversario de su asesinato, el recuerdo de Gregorio Ordóñez está más presente que nunca y los valores que encarnó y representó de forma tan valiente y generosa, hasta dar la vida por ellos, siguen teniendo plena vigencia. Por eso quiero acabar este artículo diciéndoles a Ana y a su hijo Javier, con todo el cariño y afecto que les tengo, que no solamente pueden, sino que deben estar muy orgullosos de su marido y de su padre, porque era una muy buena persona, un gran vasco y español.

Descanse en paz Gregorio Ordóñez, y todas y cada una de las víctimas del terrorismo.

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