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Columna publicada el 16-10-2001
Don Sebastián, el rey de Portugal de trágico destino, es uno de los personajes más sugestivos, incluso novelescos, del barroco peninsular. Sus afanes de cruzada en una época en que la lucha contra el infiel no podía pretender la reconquista de los santos lugares sino el simple freno de sus piraterías en el Mediterráneo y las leyendas acerca de su supervivencia tras la derrota a manos musulmanas contribuyeron no poco a acrecentar una figura que, en realidad, tuvo casi más de cómico que de trágico.Abandonado por su madre y criado en un ambiente asfixiante en el que no había lugar para la luz, para la cultura ni para el sexo, don Sebastián creció convencido de ser un predestinado por la Providencia para liberar los Santos lugares del yugo islámico. No hace falta decir que ni Portugal podía permitirse esos lujos ni las demás naciones occidentales se sentían inclinadas a apoyar tamaño despropósito. Al fin y a la postre, el joven monarca acabó aceptando casi a regañadientes la idea de medirse con el Islam en suelo marroquí. El malik de Marruecos –nada inclinado a aventuras de ese tipo– intentó disuadirle pero fue inútil. Don Sebastián desembarcó en el norte de África y allí encontró la derrota y la muerte.
Su figura no quedó sumida en el olvido tan sólo por obra y gracia del nacionalismo portugués. Cuando el trono luso quedó vacante, Felipe II –que a diferencia de don Sebastián sí era un gran rey y sí supo enfrentarse con los musulmanes en las Alpujarras y en Lepanto– hizo valer sus mayores derechos a la sucesión. Durante un tiempo, Portugal –que aspiraba a que la capitalidad del imperio hispánico pasara ahora a Oporto– se deshizo en alabanzas de Felipe II. Sólo cuando comprobó que su sueño de hegemonía era una quimera, comenzó a resentirse de una unificación con España de la que, en puridad, tan sólo derivó beneficios. Precisamente entonces la figura de don Sebastián se vio agrandada con referencias mesiánicas, las de un rey que un día regresaría a liberar a los suyos.
La presente obra constituye un muy notable acercamiento a la figura del rey don Sebastián, que aparece reflejado en sus características de manera bien completa y documentada. Tan sólo una pega habría que poner a esta edición. Ariel está llevando a cabo desde hace tiempo la impagable tarea de elaborar una colección de biografías realmente sólida. Ese empeño –en el que está demostrando dotes admirables– se ve, no obstante, oscurecido en ocasiones con las bandas de propaganda que llevan las obras y que con la pretensión de vender más, en realidad, tergiversan el contenido del libro. En este caso, la faja en cuestión afirma: “¡La esperanza de un pueblo que no quería ser español!” lo que, incluso desde un punto de vista comercial, es más posible que provoque rechazo que atracción. A pesar de todo, la paradoja no deja de ser atractiva. Ese pueblo que, mucho después, no desearía ser español tenía como esperanza a un pobre transtornado que no se había dado cuenta del tiempo en que vivía, que arrastró a miles de compatriotas a la muerte y que pereció trágicamente en el empeño.
Antonio Villacorta Baños-García, Don Sebastián, rey de Portugal, Barcelona, Ariel, 315 páginas.

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