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¿Hay salida? : educación e investigación (III)

El aborrecimiento hacia la ciencia llegaría a tanto en nuestra nación, que la frase "que inventen ellos" se convertiría incluso en lema de movimientos intelectuales y corrientes de opinión

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Como señalé hace ya algunas semanas, una de las peores consecuencias de abrazar el campo de la Contrarreforma fue que naciones como España, Portugal o Italia se quedaron descolgadas de una revolución científica que nació – como supieron ver Kuhn o Whitehead – precisamente de la Reforma protestante del s. XVI. No se ha avanzado mucho desde entonces.

 

Desde que España decidió aplastar en su territorio la Reforma a sangre y fuego se descolgó tanto de la revolución científica como del extraordinario impulso educativo nacido de aquella. Ha pasado casi medio milenio y en esas andamos y poco consuela decir que a portugueses o italianos les pasó lo mismo. Recuerde el que piense que exagero que, a día de hoy, no hay ni una sola universidad española entre las ciento cincuenta primeras del mundo o que nuestra educación no deja de obtener pésimas calificaciones en sucesivos informes PISA.

El aborrecimiento hacia la ciencia llegaría a tanto en nuestra nación, que la frase "que inventen ellos" se convertiría incluso en lema de movimientos intelectuales y corrientes de opinión. La verdad es que ponerse manos a la obra en el terreno de la investigación fue causa no sólo de llorar sino de morir en la Historia de España iniciada con la Contrarreforma. El método científico lo habían inventado herejes protestantes como Bacon; sobre los universitarios españoles recayó la prohibición de estudiar en el extranjero porque así lo dispuso ese gran destructor de la grandeza de España que fue Felipe II y la Inquisición se ocupó del resto con verdadera pasión. El éxito de semejantes medidas fue, por desgracia, espectacular. El mismo año en que el protestante John Locke se dirigía hacia Inglaterra para contribuir a la Gloriosa Revolución y asentar los principios del liberalismo en la isla; en España, reinaba un tarado que no recibió atención médica porque se consideró más apropiado tratarlo con exorcismos y reliquias. Con paralelos así no deberíamos sorprendernos de nada.

No es que los españoles fueran racialmente negados o torpes o incluso desinteresados. No. Ése no era el problema. La desgracia –verdadera maldición histórica– que pesaba sobre ellos era el control ejercido por la Inquisición no sólo en cuestiones doctrinales sino en las áreas más diversas de la vida incluidas la educación y la investigación científica. En pleno siglo XVIII, ya no quedaban en España protestantes porque la Inquisición los había exterminado en la hoguera o había provocado su exilio para huir de las llamas. Tampoco podía perseguir a unos judíos expulsados en 1492 y que se habían asimilado al catolicismo por convicción o pánico hacía siglos. Sin embargo, las acciones de la Inquisición no brillaron por su ausencia ni tampoco las de un gobierno que consideraba la represión pro-católica timbre de honor. En España, la Inquisición tenía su Índice de libros prohibidos propio y, por añadidura, los confesores estaban sometidos a la obligación de preguntar sobre la posesión o el conocimiento de la posesión de tan peligroso material a los que se acercaban al sacramento de la penitencia quedando claro que la absolución del pecado quedaba reservada al Santo Oficio. La edición del Índice de la Inquisición española de 1790 contaba con 305 páginas, en folio, con columnas dobles y caracteres de imprenta de tamaño muy reducido. Prohibidos no estaban sólo Wycliff, Lutero, Calvino, Erasmo o Voltaire, sino también, en mayor o menor medida, Dante, Petrarca, Maquiavelo, Boccaccio e incluso Cervantes. El Robinson Crusoe –lectura infantil en la actualidad– fue incluido en el Índice en 1756. Al parecer, que un protestante se las arreglara para sobrevivir en una isla casi treinta años y además pretendiera enseñar el Evangelio a un caníbal resultaba insoportable para los inquisidores y debía mantenerse lo más lejos posible de las frágiles mentes hispanas. El espíritu de las leyes de Montesquieu – autor tan odiado por la Inquisición como, al parecer, por el PSOE – también fue prohibido en ese año. Tycho Brahe y Johannes Kepler - ¡dos astrónomos! – también estaban prohibidos y lo mismo sucedía con autores que tan sólo pretendían desarrollar una visión jurídica que no encajaba en el absolutismo regio que tanto complacía a la Santa Sede –Hugo Grocio, J. J. Burlamaqui, Samuel Pufendorf– o que eran contrarios a la tortura que practicaba la Inquisición como era el caso de Cesare Beccaria. Por supuesto, a todos ellos había que añadir los filósofos franceses como Rousseau y no pocos clásicos españoles que habían escrito páginas poco edificantes o en las que se deslizaban críticas relacionadas con la iglesia católica. El gobierno de Carlos III determinó en 1768 que si la Inquisición deseaba prohibir un libro y el autor era católico y español debía escucharlo previamente. Ni que decir tiene que semejante medida no evitó las condenas. El padre Isla –una de las mentes más preclaras de la Ilustración española– sufrió la prohibición de su Fray Gerundio de Campazas.

Pero la acción represiva del clero no se limitaba a la literatura y la ciencia, sino que servía para quitar de en medio a cualquiera so pretexto de heterodoxia. A Pablo Olavide, uno de los ilustrados, lo miraban mal los medios más diversos, pero el golpe de gracia se lo dio un capuchino alemán que no veía bien que sus ovejas germánicas se mezclaran, como pretendía Olavide, con las españolas. Como Uriarte o Setién, debía pensar el clérigo que el catolicismo no necesariamente implicaba creer en la igualdad de razas y denunció a Olavide. Así comenzó en España uno de los juicios inquisitoriales más famosos del siglo XVIII que concluyó, tras años de mazmorras, con la huida del ilustrado español a la protestante Ginebra.

Olavide no fue una excepción. Bernardo y Tomás Iriarte también fueron objeto del ataque de la Inquisición –los dos pensaban con bastante sensatez que el Santo Oficio era el culpable de la ignorancia de la nación española– y lo fue el matemático Benito Bails porque quien tanto tiempo dedicaba a las ciencias exactas sólo podía ser ateo; y lo fue Luis Cañuelo, editor de El Censor; y lo fue Macanaz y lo fueron tantos otros.

Hubiérase esperado que semejante despropósito que seguía manteniendo a España situada en la cola científica de Europa desapareciera en algún momento, pero no fue así. Durante el siglo XIX, los intentos liberales por crear un sistema educativo verdaderamente sólido y que alcanzara a toda la población como, por ejemplo, sucedía desde inicios del s. XVI en la Suiza protestante, se vieron frustrados una y otra vez por una iglesia católica que no deseaba verse privada del monopolio educativo. Los relatos decimonónicos de aquellos maestros que sabían que podían encontrar en el párroco a un enemigo acérrimo se correspondieron, por desgracia, en no pocos casos con la realidad. A fin de cuentas, el último ajusticiado de la Inquisición, Cayetano Ripoll, era, además de protestante, maestro.

Partiendo de esas bases, no puede sorprender que las instituciones educativas que fueron surgiendo a lo largo del s. XIX lo mismo si estaban incluidas en los ateneos libertarios que en la Institución libre de enseñanza nacieran con una carga ideológica asfixiante. La izquierda española – no nos cansaremos de repetirlo – creció modelada a la imagen y semejanza de la iglesia católica y entendía no que la educación pudiera ser algo neutro y carente de sectarismo sino que se trataba –como lo había sido durante siglos– de un instrumento de control social y político de primer orden. Hasta ZP ha mantenido, por desgracia, ese punto de vista.

Pero –quizá se pregunte alguno– ¿no fue la educación ejemplar durante el régimen de Franco? ¿No se vivió durante la dictadura una especie de oasis educativo? Sinceramente, creo que hay que desconocer mucho el tema para pensar cosa parecida. De entrada, la educación no estaba al alcance de un porcentaje muy elevado de la población. También es cierto que, mediante el expediente de entrar en un seminario, hubo niños y niñas que pudieron acceder a ella. Recuerdo a la perfección como, a finales de los sesenta, un vecino expresaba su sorpresa porque, por primera vez, algunos de esos estudiantes abandonaban el seminario concluidos sus estudios y no se mantenían en la senda de la clerecía. No faltarán los que culpen de esas decisiones al concilio Vaticano II, pero yo creo que, simplemente, comenzaban a aparecer almas cansadas de tanto abuso. De manera semejante, no faltarán los que recuerden criaturas de pocos años que trabajaban en condiciones durísimas –mi memoria llega hasta los sesenta y los setenta y no creo que la situación en los cuarenta y cincuenta fuera mejor– porque no habían podido estudiar. En cuanto al acceso a la enseñanza, aquella época no fue –ni de lejos– mejor que ésta.

A la falta de acceso a la enseñanza, se sumaba su carácter ideologizado y limitado. No cabe duda de que la ortografía se enseñaba muy bien gracias a los dictados, pero todavía en la adolescencia di yo en la biblioteca de mi colegio con un Índice de libros prohibidos que, hasta el Vaticano II, había mostrado lo pernicioso que era leer a Baroja, Blasco Ibáñez o Unamuno. No se trataba sólo de establecimientos educativos regentados por órdenes religiosas. Mi profesor de filosofía de Sexto, don Manuel Márquez, me contó cómo cursando la licenciatura, para leer a Sartre tuvo que solicitar licencia al obispo.

Es verdad que no puede dudarse de que mucha gente sabía quién era don Pelayo, pero no nos ufanemos en exceso. Al mismo tiempo, se les enseñaba lo benéfica que había sido la Expulsión de los judíos o lo agradecidos que debíamos estar a la Santa Inquisición –puedo dar testimonio personal de ambos extremos– a la vez que se le hurtaban de la Historia de España personajes de primer orden, pero “heterodoxos”. Que algunos lograran ya en las postrimerías del franquismo leer sin censura el Decamerón o incluso a Marx no cambia ese panorama.

En términos generales, la educación en Humanidades fue mucho más sólida que ahora, pero no mucho menos sesgada ideológicamente; la formación técnica era sensiblemente inferior a la de otras naciones europeas y no digamos a la de Estados Unidos y la investigación científica –excepciones aparte– no tenía punto de comparación. Nuestros grandes arabistas, nuestros grandes hispanistas o nuestros grandes especialistas en derecho romano no cambian ese panorama.

Por supuesto, con la llegada de la izquierda al poder, los pecados seculares se repitieron aunque ahora orientados hacia la otra dirección. También la izquierda intentó reescribir la Historia de España; también la izquierda se esforzó por controlar la educación; también la izquierda hizo lo posible y lo imposible por imprimir el mayor sectarismo a los contenidos y también la izquierda intentó copar las cátedras. Si algunos de los catedráticos ahora eméritos pueden citar cátedras concedidas por la presión de distintas órdenes religiosas, los pobres alumnos actuales saben que hay titulares cuya única característica notable es su carnet o –en el caso de algunas privadas– su piedad católica supuesta o real.

De creer a Ricardo de la Cierva –y tengo razones para pensar que el dato es cierto– sólo el Opus se planteó en los años sesenta y ante la perspectiva de cambio de régimen, el reparto de cátedras con el adversario, en ese caso, el PCE. Sabido es que, al fin y a la postre, en España no se implantó el sistema italiano de "compromiso histórico" y el PSOE se quedó con el santo y la limosna.

Naturalmente, con esos mimbres no se puede esperar que los cestos nacionales de educación y ciencia salgan bien y nunca saldrán mientras el sectarismo prime sobre la investigación científica, mientras la ideología prevalezca sobre el estudio, mientras el control de cátedra se imponga sobre el trabajo y mientras la identidad de carnet resulte más relevante que el mérito.

Permítaseme referir una historia personal relacionada con ese cainitismo que persigue a cualquier coste que sólo se escuche su voz y que pretende por sistema acabar con el disidente. En 1994, Mario Muchnik publicó mi libro La revisión del Holocausto en el que desmontaba las tesis de los autores negacionistas que sostenían –como ahora Ahmadineyah– que nunca hubo un Holocausto. El libro fue objeto de ataques en librerías de Zaragoza, Madrid y Barcelona por parte de grupos neo-nazis que arreciaron en sus agresiones cuando, al año siguiente, Alianza editorial publicó El Holocausto, la primera historia de la Shoah escrita en español por un autor español. Dirá algún lector que es lo que cabe esperar de los nazis. Seguramente, pero unos años después, en un conocido diario, un ceporro que enseña en una universidad de provincias solicitó que se me prohibiera escribir y hablar. Sucedía muy poco antes de que en un programa de televisión en la nacionalista Cataluña y con fondos públicos se procediera a ahogar mi Camino hacia la cultura, imagino que por eso de que el nacionalismo catalán tiene sus manías y una de ellas es que se le discuta su especial visión cultural. “Los nacionalistas, ya se sabe…”, dirá alguno. “Los nacionalistas”, diría yo, “han tenido y tienen ayuda directa de obispos como Setién y Uriarte y cardenales como Sistach”. Pero prosigamos con la breve historia. No mucho después, Cristina Almeida, hija de franquista y pasajera por el PCE y el PSOE siempre con cargos, señalaba en público que cuando veía mis libros le daba gana de quemarlos. La afirmación – sincera sin ningún género de duda – fue objeto de algún comentario irónico por mi parte y de un artículo en La Razón donde recordaba yo los antecedentes familiares de la curvilínea abogada. “Ya se sabe como es de sectaria la izquierda española…”, podrá decir alguno. Sí, seguramente, pero hace apenas unos días y gracias a esta serie que están ustedes leyendo, una página web católica ha decretado el boicot contra mis libros. Al igual que los nacionalistas catalanes, que los socialistas, que los comunistas o que los nazis, los talibán de la citada página –que no empezaron mal, pero que están terminando por convertirse en un Santo Oficio de tercera regional y que, dada la vida personal de quien escribe algunos de sus artículos harían mejor en callar– han terminado por lanzar su fatwa especial contra las opiniones que no gustan. Con la excepción de los nazis que, gracias a Dios, nunca terminaron de arraigar en España, todos los personajes en cuestión pertenecen a grupos que, en mayor o menor medida, han ido dejando a lo largo de la Historia de España muestras no escasas de intolerancia causando un daño de dimensiones difíciles de cuantificar, pero, sin duda, inmensas. Gracias a Dios que, al menos de momento, tanto la Inquisición como las checas han dejado de funcionar, pero la pregunta sigue resultando obligada:

¿Y existe salida?

Sí. Habrá salida el día

que la educación no dependa de comisarios políticos sino de criterios simplemente científicos;

que cualquier niño español pueda estudiar en español en cualquier rincón de España a pesar de que se hable de líneas rojas y de que haya cardenales que las bendigan;

que se elimine totalmente la endogamia en las universidades

que no sea más importante el conocimiento de lenguas escandalosamente minoritarias que el dominio de una especialidad

que se prime a los que han ampliado sus estudios en universidades extranjeras de primer orden sobre los que permanecieron en España haciéndose con un carnet o adulando al jefe del departamento;

que desaparezcan las inquisiciones que, en no pocas ocasiones, sólo tienen como finalidad el mantener el cortijo en manos de unos y evitar que pase a las de otros;

que en lugar de adoctrinadores políticos, las universidades dispongan de docentes que sepan lo que es una empresa y encaminen a los estudiantes en esa dirección en lugar de hacia el paro;

que los planes de estudio sean serios y no vías para que los liberados sindicales o los profesores cobren sobresueldos;

que el acceso al profesorado no dependa de la ortodoxia religiosa o política sino del conocimiento y del mérito y que, por lo tanto, los mejores no tengan que exiliarse al extranjero en busca de las oportunidades que España les brinda como tuvieron que hacer los reformadores españoles que en el s. XVI acabaron como catedráticos en Cambridge o Ginebra, que los ilustrados que terminaron en mazmorras o que los eruditos liquidados por cualquiera de las dos Españas intolerantes durante la guerra civil.

El día que así suceda habrá salida en el terreno educativo y científico para nuestra sociedad. Mientras tanto, sólo seguiremos arrastrando los males que recayeron sobre nosotros cuando España decidió abrazar la causa de la Contrarreforma.

CONTINUARÁ: ¿Hay salida? (IV)

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