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La izquierda española: un retrato en negativo de la iglesia católica (III): el inevitable voto socialista

¿Qué partido prometía que Papá Estado cumpliría con unas metas asistencialistas que hasta entonces sólo de manera muy limitada e imperfecta había cumplido la Santa Madre Iglesia?

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En las anteriores entregas hemos visto cómo, a inicios del siglo XVI, España pasó a formar parte de un grupo de naciones diferentes –Portugal, Italia, las repúblicas hispanoamericanas...– al extirpar la Reforma de su suelo y abrazar la Contrarreforma. Semejante paso la apartó de avances extraordinariamente positivos que afectaron a otras naciones y, por añadidura, tuvo como consecuencia directa la aparición de una izquierda concebida mentalmente no sólo como una fuerza de oposición a la iglesia católica sino también como su verdadero retrato en negativo. Esa identidad de mentalidades no sólo configuraría a la izquierda española de una manera muy peculiar sino que, además,  abriría camino, por paradojas de la Historia, a un triunfo tras otro del PSOE por razones más psicológicas que ideológicas.

En 1975, falleció en la cama el general Franco aunque su régimen había comenzado a entrar en agonía cuando algo más de un quinquenio antes designó como sucesor al entonces príncipe Juan Carlos. Basta examinar la prensa de la época para darse cuenta de que las fuerzas vivas se aprestaron a cambiar de rumbo político ante el final de un régimen, el del 18 de julio, que, en contra de lo que siempre quiso Franco y así lo expresó por activa y por pasiva, no iba a poder perpetuarse. El fenómeno se agudizó especialmente tras la muerte de Carrero Blanco, hasta el punto de que los dos últimos años del Régimen fueron testigos más de cómo se reubicaban los políticos que de una labor de gobierno coherente.
 
Entre las instituciones que se habían apresurado a recolocarse ante el inevitable cambio de régimen destacó la iglesia católica. A decir verdad, como había sucedido en los fallidos intentos de formación de un estado liberal durante el s. XIX, la iglesia católica ya había dejado claro que no tendría ningún reparo en apoyar a las fuerzas centrífugas regionales –especialmente vascas, terroristas incluidos, y catalanas– si sus intereses así lo exigían. No cabe duda de que se trataba de una excelente baza de negociación. El concordato franquista no resultaba ni lejanamente tolerable en cualquier estado que mantuviera un mínimo de deseo de no verse controlado por un poder externo –religioso o no– pero al concordato sí lo podían sustituir unos Acuerdos con la Santa Sede.  Éstos tenían que permitir salvar los numerosos muebles de un concordato que había convertido a la iglesia católica en un verdadero estado dentro del estado y, por añadidura, dejar de manifiesto que el distanciamiento con su mejor valedor de siglos era total y absoluto. Una vez cumplidos sus servicios era de esperar que el general quedara enterrado y bien enterrado. Incluso se afirmaría que una de las mayores beneficiarias de su Régimen había combatido contra él defendiendo las libertades de los pueblos vasco y catalán y protegiendo a los sindicalistas que en los últimos tiempos de la dictadura se reunían en las parroquias. La Historia se repetía una vez más.

El Concordato salvó los muebles, pero poco más, religiosidad popular incluida, de la inmensa, verdaderamente omnímoda, influencia social que el catolicismo había tenido durante siglos. Había –y hay que dar gracias a Dios por ello– más católicos partidarios de la democracia que en toda la Historia de España junta, pero la iglesia católica, como siempre, iba a jugar la carta de sus intereses por encima de los de otros colectivos incluso los relacionados con ella y los resultados no se hicieron esperar.  Los demócrata-cristianos de entonces, por ejemplo, no se han repuesto todavía de la sorpresa de verse abandonados por los obispos, aunque no pocos encontraron consuelo sumándose a las filas del PSOE.  Y entonces sucedió algo que nadie –no nos engañemos, nadie– podía haber pensado.  Se produjo una descatolización de las costumbres de los españoles verdaderamente espectacular y tuvo lugar sobre todo por ese área que había llamado la atención de sacerdotes y confesores de manera preeminente, la del sexo. Que la señal mayor de cambio social fuera bautizada como “destape” indica hasta qué punto fue limitada en sus resultados la tutela espiritual que el catolicismo ejerció en la España de Franco y hasta qué punto, desaparecida la oficialidad –apoyada en el código penal y en los chismorreos de las vecinas– de su moral religiosa, ésta perdió terreno a ojos vista. Cualquiera que tenga más de cincuenta años sabe que no exagero lo más mínimo y para verificarlo bastará con que recuerde los comentarios al respecto de las mujeres de la casa. De aquel mundo de costumbres pudibundas –insisto, especialmente en el terreno sexual– no ha quedado prácticamente nada y la prueba está en cómo los católicos que en los años sesenta defendían hasta las posturas más extremas de la moral sexual vaticana con verdadero denuedo –y además creo que con convicción– ahora se sienten profundamente incómodos cuando surge el tema.  Sin entrar en juicios morales de ningún tipo, por aquel entonces el peso social basculaba en su dirección y ahora, incluso entre no pocos católicos practicantes, sucede todo lo contrario.  Basta ver cómo algunas de las voces profesionalmente católicas de la España actual se han lanzado a pedir anulaciones canónicas de sus matrimonios –algo impensable en la época de Franco– y lo fácil que resultan aquellas de obtener para saber que no exagero lo más mínimo.
    
Entendámonos. No es que la gente deseara definirse de otra manera que como católica –la moda de autodenominarse “agnóstico” tardaría algunos años en extenderse con éxito– sino simplemente que había decidido, más por intuición que por proyecto, hacer mangas y capirotes con la moral que los sacerdotes les habían enseñado hasta ahora. Insisto en ello.  En el terreno sexual, con las excepciones puntuales que se quieran señalar, no tengo la sensación de que se haya recuperado una pulgada del espacio perdido ni siquiera entre no pocos de los católicos practicantes. Todo esto  –que puede ser considerado de importancia menor– para muchos resultó esencial.  Los millones de españoles que eran católicos en menor o mayor medida se sintieron libres del pastoreo episcopal y, siguieran llevando o no a los niños a clase de religión, decidieron votar por criterios que, en no escasa medida, respondían a la moral que durante siglos habían recibido aunque, esta vez, de acuerdo con su real saber y entender desvinculado de las declaraciones de los obispos que, desde luego, no se lucieron en su labor pastoral a juzgar por la conducta despendolada de millones de sus ovejas. En otras palabras, millones de españoles – católicos practicantes incluidos– dieron escasa importancia, por regla general, a temas como el divorcio o el aborto –nada baladíes desde una perspectiva católica, dicho sea de paso– y mucha más a otros que, procedentes del catolicismo, habían venido formando su mentalidad desde el siglo XVI.
   
Semejante conducta tuvo también una repercusión política directa. Vean si no:

¿Qué partido era el Partido mientras que los otros carecían de legitimidad?
¿Qué partido –perdón, Partido– expresaba la verdad dogmáticamente sin dejar que los herejes dijeran palabra?

¿Qué partido insistía en que el trabajo tenía algo de opresivo que debía ser mitigado e incluso evitado por las leyes?
     
¿Qué partido arremetía por sistema contra los empresarios considerándolos por definición explotadores?
     
¿Qué partido mostraba auténtico desagrado ante todo lo que oliera a banca o instituciones crediticias?
     
¿Qué partido insistía en que los derechos de unos –los propios– eran más importantes que los de toda la sociedad y debían prevalecer?
     
¿Qué partido manifestaba un notable antiamericanismo –¡Ah, los Estados Unidos, nación de protestantes y empresarios– encarnado, por ejemplo, en un “OTAN de entrada NO”?
     
¿Qué partido evitaba tener en sus filas curas obreros –¡cuarenta años soportando su férula con Franco, ahora sólo faltaba tener que aguantarlos en democracia enseñando sobre Marx!– pero, a la vez, orillaba la cuestión religiosa y contaba con el respaldo de organizaciones católicas?
     
¿Qué partido evitaba la separación de poderes o la supremacía de la ley porque hay causas que están por encima de esos principios?
     
¿Qué partido se presentaba con un mensaje social, pero desprovisto de las acusaciones de ateísmo y, por lo tanto, desprovisto del estigma del PCE?
    
¿Qué partido suprimía totalmente la discusión interna porque apelaba a una Historia contada en términos rosados que, presuntamente, demostraban que nunca se equivoca, se ha equivocado o se equivocará, es decir, que es infalible?
     
¿Qué partido prometía que Papá Estado cumpliría con unas metas asistencialistas que hasta entonces sólo de manera muy limitada e imperfecta había cumplido la Santa Madre Iglesia?
     
Sí, han acertado ustedes. Era el partido que dirigía un joven abogado sevillano criado a los pechos de la democracia cristiana y que había estudiado en una universidad católica extranjera gracias a una beca. ¿Puede sorprender que su nombre en la clandestinidad fuera el del santo más famoso de la villa hispalense, o sea, Isidoro?  Pues bien, ese partido iba a alzarse con el santo y la limosna y era lógico que así sucediera. Se mire como se mire, ese partido traducía a términos políticos como nadie una mentalidad modelada durante casi medio milenio por la iglesia católica y bien diferente de la vinculada, por ejemplo, a los principios bíblicos defendidos por la Reforma del siglo XVI.  Se podía objetar que el PSOE era demasiado abierto en temas como el aborto o el divorcio, pero ¿acaso la UCD o AP no fallaban más cuando se les comparaba esa mentalidad de siglos, por ejemplo, siendo cicateros en la formulación de un Estado que se ocupara del ciudadano desde el nacimiento hasta la tumba e incluso antes y después? Puesto a votar, el españolito de a pie, criado en la mentalidad católica, pero no especialmente dispuesto a que le controlaran los sacerdotes la bragueta, aunque sí queriendo ser bueno, tenía una opción evidente que era el PSOE.   
      
Por añadidura, llegado al poder, el PSOE –hasta ZP– se esforzó además por llevarse lo mejor posible con la iglesia católica. No tuvo que legislar sobre el divorcio porque semejante embolado ya lo había toreado la UCD; realizó encuestas continuas para llegar en el tema del aborto hasta unos límites que, por mucho que indignaran a los obispos, no sublevaran a la aplastante mayoría de católicos que lo votaban, y mantuvo una serie de instituciones desde las subvenciones a los colegios a las ayudas para lugares de culto o la creación de una casilla en el IRPF para subvencionar a la iglesia católica que mellaron cualquier acción episcopal contra él en caso de que a algún obispo se le hubiera pasado por el báculo llevarla a cabo.  
     
Si queremos ser ecuánimes, es dudoso que la propia derecha hubiera podido hacer más en favor de la iglesia católica y eso explica que todavía en la época de ZP –¡de ZP!– el autor de estas líneas haya tenido ocasión de contemplar los encendidos elogios que obispos y cardenales dirigían a políticos del PSOE cuyo mérito fundamental era pagar la restauración de lugares de culto, aunque el resto de los españoles sigamos queriendo saber qué más hicieron con el dinero de nuestros impuestos durante años.  De manera bien significativa, recuerdo los comentarios acentuadamente elogiosos de dos cardenales sobre políticos socialistas cuya vida sexual no era precisamente un modelo de moral católica. Es decir, que los purpurados estaban aplicando el criterio de millones de sus ovejas: hay unas partes de la moral católica más importantes que otras y entre ellas se encuentra el asistencialismo en beneficio propio.
      
Si el primer mandato de ZP dejó de manifiesto la confrontación en puntos concretos de su política –confrontación desarrollada sobre todo desde la COPE que no tanto desde la Conferencia episcopal– el segundo fue de pacto con el gobierno socialista. Si Enrique IV llegó a la conclusión de que París bien valía una misa, algunos prelados también debieron de pensar que la Jornada mundial de la Juventud valía unos silencios y claudicaciones como la referente a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. ¡Cuántos padres objetores fueron dejados en la cuneta por los obispos, una vez que éstos optaron por pactar! Pero, como siempre, los intereses de la institución no tenían por qué coincidir con los de sus fieles.  Una vez más, la Historia se repetía.  

Y eso por referirnos a la época de mayor confrontación porque, en los años de Felipe González, las muestras de afecto entre la iglesia católica y el PSOE fueron innumerables –¿podía ser de otra manera cuando había políticos de primera fila como José Bono o Paco Vázquez que manifestaban su acendrado catolicismo?– y el maridaje episcopal –en algunos casos, bochornoso cesaropapismo– con los nacionalistas vascos y catalanes prosigue hasta el día de hoy.
    
Sé que muchos me dirán que Bono es un hipócrita, que Setién era un villano excepcional, que los obispos siempre han enseñado cuál es la enseñanza moral de la iglesia, que su ausencia en las manifestaciones pro-vida puede entenderse porque un obispo no puede entrar en esas cuestiones y otros argumentos semejantes.  No digo yo que no sea así, pero  
      
Yo, sin embargo, recuerdo cómo un obispo gallego de la época de la Transición emitió una pastoral contra la presencia de Susana Estrada en un programa de debate en TVE mientras sus compañeros vascos se callaban ante los sacerdotes que obligaban a las víctimas del terrorismo a sacar a sus familiares muertos por la puerta de atrás de las parroquias.  
     
Yo, sin embargo, recuerdo cómo voces episcopales arremetieron contra la serie Farmacia de guardia porque los protagonistas eran dos divorciados que se llevaban bien mientras dejaban hacer a Setién en sus desprecios e insultos contra las familias ensangrentadas por los crímenes de ETA.
     
Yo, sin embargo, recuerdo a monseñor Sistach jactándose de haber colaborado a echar a periodistas independientes de la COPE mientras su diócesis tiene representantes en clínicas abortistas o alguno de sus sacerdotes nacionalistas se ha jactado en público de haber pagado abortos.
     
Yo, sin embargo, recuerdo otras muchas cosas que podrían ilustrar la tesis principal aún más si cabe, pero que nos desviarían del tema.
     
Al final, el español de a pie, en millones de casos, sin darse cuenta de ello, ha asumido que la izquierda española  –y en especial el PSOE– no es sino un retrato político y en negativo (o en positivo, que de todo hay) de la iglesia católica.  
     
No ha censurado sus inconsistencias éticas como tampoco lo ha hecho con las de ciertos obispos y cardenales.  
     
No se ha distanciado de ese partido porque haya cambiado el discurso de la misma manera que no lo ha hecho con una jerarquía que pasó de franquista a demócrata en cuanto que supo que Franco tenía sucesor y que al régimen le quedaban dos telediarios.
     
No termina de condenarlo porque siempre le ve cosas buenas de la misma manera que muchos católicos creen que pueden justificar el silencio de un obispo ante un sacerdote paidófilo apelando a los comedores de Cáritas. Aplaudamos lo segundo, pero no pretendamos ocultar o compensar con ello lo primero.
     
No ve mal sus acciones porque lo importante no es el vivir de acuerdo con unos principios sino en la comunión con la iglesia única y, por supuesto, verdadera e infalible.  
    
No le retira su voto –salvo en situaciones de pobreza, pero también lleva sin respetar el descanso dominical siglos– porque su mensaje contrario, entre otras cosas, a la ética del trabajo, a la supremacía de la ley por encima de todos, a la división de poderes, al espíritu de empresa capitalista o a la consideración de la mentira o el hurto como más que pecados veniales encuentra resonancias de siglos y siglos en las mentes de millones de españoles.  
     
Frente a esas estructuras mentales, para esos mismos españoles la prohibición del preservativo o incluso la permisividad ante el aborto son, en el fondo, pecadillos.  En la última entrevista que realicé al cardenal Rouco cuando aún dirigía La Linterna en COPE le pregunté cómo era posible que hubiera millones de católicos que pudieran dar su voto a un partido que defendía el aborto o el matrimonio de homosexuales. Con una notable sabiduría –y sinceridad– el cardenal me respondió que esos católicos escogían, dentro de la moral católica, los partidos que, a su juicio, eran más cercanos a la misma. Decía la verdad.  Para millones de españoles católicos, es un pecado mucho mayor no defender un estado asistencialista, copia de la Santa Madre Iglesia, que ampliar los supuestos del aborto. A las pruebas electorales me remito.
     
Hasta aquí he intentado, con todos los matices y correcciones que se deseen apuntar, explicar por qué hemos llegado hasta aquí en nuestras diferencias, diferencias que compartimos, por otra parte, con todas esas naciones en las que la Contrarreforma se impuso sobre la Reforma. La cuestión que, obligatoriamente, hay que plantear ahora es la de si existe salida o, como hasta la fecha, sólo nos cabe esperar seguir dando vueltas a una noria que, históricamente, ha resultado fatal y aciaga.

Continuará: ¿Hay salida?
 

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