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La paga de los reporteros

Andaba ayer leyendo una magnífica colaboración de Alberto Míguez en este mismo diario cuando me vino a la cabeza una conocida novela de Faulkner titulada La paga de los soldados. La leí hace tiempo, de manera que no puedo asegurar que mis recuerdos sobre su contenido sean exactos pero, si la memoria no me falla, la obra iba referida a la brega del soldado anónimo que deja la vida en las batallas para que, finalmente, otros se lleven las medallas y la gloria. Faulkner venía a indicar así que no sólo estaban mal pagados sino que además siempre había gente encargada de sustraerles lo que, en justicia, debería ser suyo.

Tengo la sensación de que esa triste historia de la paga de los soldados tiene su equivalente en otras ocupaciones no menos nobles que el oficio de las armas y que entre ellas se encuentra la de reportero. La última vez que yo me encontré cara a cara con la muerte –y espero que sea la última– fue en el curso de una guerra librada en Centroamérica. Gracias a Dios, de aquella coyuntura salí con vida. Gracias a Dios, porque tengo la maliciosa sospecha de que se hubieran condolido algunos, que otros me habrían recordado mejor de lo que era-soy, que incluso hubiera existido la tentación de mostrarme como un ejemplo de la manera aguerrida en que el medio para el que trabajaba contaba todo.

Sin embargo, si hubiera muerto, nadie de mi familia hubiera cobrado una indemnización por la sencilla razón de que ni tenía un contrato, ni estaba asegurado ni me habían suscrito un seguro de vida. Deseo creer que ninguno de los corresponsales muertos en esta guerra de Irak percibirá la miserable paga que yo hubiera recibido por morir en otro conflicto. Deseo creer que, previas a la condolencia, al dolor, a las muestras de repulsa, al encarecimiento de la profesionalidad, existieron contratos que aseguraban su futuro profesional a su regreso a casa, y el pago de una pensión decente para sus viudas y huérfanos, y una indemnización para el peor de los supuestos. Deseo creerlo de todo corazón, ya fueran corresponsales con pasaporte británico o español, australiano o estadounidense, iraquí o ucraniano. Deseo creerlo, porque si no tendría que creer con asco y repugnancia indecibles que, a pesar de las muestras de dolor, los que los enviaron a cubrir el conflicto no eran mejor moralmente que los endurecidos canallas que, durante siglos y en mil guerras, se han aprovechado vilmente de la mísera paga de los soldados.