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El "enfadado" votante americano

Clifford D. May

&quote&quoteLa gente del Tea Party es conservadora en lo fiscal. Ven la excesiva presión fiscal como dañina para la salud de la economía, al igual que el ganador del premio Nobel de Economía Milton Friedman, no precisamente un iletrado en esas lides.

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El titular del USA Today después de las elecciones: "Los votantes envían un mensaje de enfado". La explicación en dos palabras de la revista Time para el tsunami electoral: "Rabia electoral". La portada de The Economist: "América enfadada". Es la narrativa dominante del momento, la nueva ortodoxia. Pero es una calumnia.

Sin duda, muchos votantes independientes a los que el candidato Barack Obama encandiló en 2008 utilizaron sus votos en 2010 para expresar su decepción con el presidente Barack Obama, su agenda, sus prioridades y su partido. Pero decepcionados no es igual a enfadados y además: los independientes no son las personas que los redactores de titulares periodísticos tienen en mente. Ni tampoco, por obvios motivos, los que votaron por los candidatos progres que perdieron. Los periodistas están hablando de los conservadores y, en particular, de esos conservadores que se identifican como miembros del movimiento Tea Party.

¿Qué evidencia hay para sugerir que los miembros del Tea Party sean campesinos con horcas en mano? Ninguna. Recuerde la enorme manifestación del Tea Party en Washington en agosto: su tema era "Restituir el honor", difícilmente podría decirse que sea una expresión de furia. Y ningún grupo de manifestantes en Washington que yo recuerde se ha ido dejando una explanada más limpia. Es raro que la gente furiosa sea tan meticulosa.

Entre los candidatos que el Tea Party apoyó con más entusiasmo estaban el sereno Marco Rubio, ahora de camino al Senado de Estados Unidos por Florida. También favorecieron a candidatos fallidos como Christine O'Donnell en Delaware y Sharon Angle en Nevada. Usted podrá decir que O'Donnell y Angle no estaban listas para el estrellato. Pero no podrá decir de forma verosímil que instigaron la ira del votante. Ellas no se refirieron a sus opositores políticos como "enemigos", como sí lo hizo el presidente Obama al hablar de los republicanos a un grupo hispano.

Lo que demasiada gente en los medios de comunicación se ha negado a reconocer es que los miembros del Tea Party no están llamando a la revolución, están pidiendo una restitución. Ellos se toman la Constitución de Estados Unidos en serio. Prefieren el sistema de gobierno diseñado por los Fundadores –absteniéndose de ser políticamente correctos puede que incluso digan Padres Fundadores– a otras opciones que ahora se ofrecen. Eso hace que no se granjeen el cariño de los que se creen "progresistas". Pero tampoco es para que se diga que estan "llenos de ira frustrada" tal y como escribió el redactor jefe de Vanity Fair, Graydon Carter.

Los miembros del Tea Party creen en un Estado pequeño y limitado. ¿Dónde está lo bueno de pequeño y limitado? La respuesta exige decir que los Estados grandes, los Estados con poderes ilimitados, inevitablemente amenazan la libertad individual; siempre lo han hecho y siempre lo harán. Y la libertad es un valor por el cual los americanos han luchado y han ofrecido su vida durante siglos; la libertad es algo que la mayoría de americanos sigue valorando profundamente, aunque es inquietante que, al parecer, ahora otros vean la idea de la libertad como algo pintoresco.

La gente del Tea Party es conservadora en lo fiscal. Ven la excesiva presión fiscal como dañina para la salud de la economía, al igual que el ganador del premio Nobel de Economía Milton Friedman, no precisamente un iletrado en esas lides. Si por ellos fuera, detendrían el crecimiento de una burocracia estatal privilegiada, cada vez más poderosa y que no tiene que rendir cuentas a nadie. Los del Tea Party quieren que los cargos electos se vean a sí mismos como servidores públicos, no como mandamases. Y les recordarían que, ante todo, no están en sus altos cargos para ejercer de filántrópos con el dinero del contribuyente.

Cuando se trata de política exterior, el Tea Party parece menos definido, aunque todos los miembros que he conocido están de acuerdo en que defender de sus enemigos a Estados Unidos debería estar entre las prioridades en la lista de cosas por hacer de cualquier presidente. Se oponen a entregar la soberanía americana a organizaciones transnacionales. Piensan que si Estados Unidos va a la guerra, es fundamental que Estados Unidos gane. Prefieren una América orgullosa a una América que se deshace en disculpas porque creen que, a pesar de todos sus defectos, América sigue siendo la última y mejor esperanza de la humanidad.

También comprenden que las mayores amenazas para la seguridad de Estados Unidos en el siglo XXI vienen de aquellos cuya lectura fundamentalista del islam fomenta el uso de la violencia para establecer la superioridad de los musulmanes sobre los no musulmanes. Yestán perplejos al ver a toda esa gente tan lista que sin embargo no quiere reconocer esta realidad.

Un ejemplo: entre los artistas que asistieron al mitín pre-electoral del cómico/comentarista Jon Stewart llamado "Marcha para restituir la cordura" –diseñada como respuesta a la manifestación del Tea Party para "restituir el honor"– estaba Yusuf Islam, antes conocido como Cat Stevens. ¿Será posible que Stewart no supiera que ese cantante respaldó la sentencia de muerte decretada por el ayatolá Jomeini contra el escritor Salman Rushdie por el crimen de escribir una novela que el revolucionario islamista iraní juzgó blasfema?

Rushdie contactó con Stewart para hacerle justamente esa pregunta y, en palabras del propio Rushdie "[Stewart] sentía que [la presencia de Yusuf Islam] me molestase, pero, de hecho, quedaba claro que a él no le molestaba en absoluto. Deprimente". Sí y nada cuerdo; si por cordura quiere decirse mostrar buen juicio y sensatez. Pero al igual que la mayoría de los miembros del Tea Party y la mayoría de americanos, yo tampoco estoy enfadado por eso. Ni un poquito siquiera.

©2010 Scripps Howard News Service
©2010 Traducido por Miryam Lindberg

Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias, institución investigadora dedicada al estudio del terrorismo
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