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Amenaza nuclear

Gasolina: una sanción contra Irán

En 1981, los líderes israelíes de la época enviaron cazabombarderos a destruir el reactor nuclear de Sadam Hussein en Osirak. Se cuenta que Rafael Eitan, por aquel entonces jefe del estado mayor de Israel, explicó sucintamente el motivo detrás de la operación: "La alternativa es nuestra destrucción".

Tres décadas después, el régimen yidahista militante de Irán está desarrollando armas nucleares y los misiles necesarios para su lanzamiento. Tampoco es coincidencia que Irán esté apoyando a grupos terroristas en el extranjero, facilitando el asesinato de tropas americanas en Irak y Afganistán, jurando borrar a Israel del mapa y prometiendo, a largo plazo, "un mundo sin Estados Unidos".

Es un plan que deberíamos detener de alguna forma si es que hemos aprendido algo de la historia. Tanto el ex presidente Bush como el presidente Obama han dicho que sería inaceptable que los actuales gobernantes de Irán consigan armas nucleares. La realidad, sin embargo, es que la administración Bush no tomó medidas serias para evitar que Teherán avanzara en su objetivo y queda por ver si la administración Obama logrará el cambio necesario en este asunto crítico para la seguridad nacional e internacional.

El ataque de Israel contra los complejos nucleares de Sadam acabó en una unánime condena internacional en contra de Israel. Pero con el paso del tiempo, se dieron muchos cambios de opinión. "Lo que los israelíes hicieron en Osirak en 1981... visto retrospectivamente, fue algo bueno en realidad", dijo el presidente Clinton con posterioridad, expresando así lo que se ha convertido en la opinión de consenso tanto para moderados de izquierdas como de derechas.

¿Hace falta que la historia se repita? ¿Deben limitarse Estados Unidos y la "comunidad internacional" a no hacer nada y a que Israel decida si utilizar o no la fuerza militar contra las instalaciones de armas nucleares iraníes que ahora están más dispersas y son más robustas que en los días de Saddam?

Hay otra posibilidad, un instrumento no militar que no se ha utilizado: serias sanciones económicas, o como lo ha denominado la secretaria de Estado Hillary Clinton: "Sanciones paralizantes". Si las sanciones consiguieran que los gobernantes iraníes se preocuparan de ver que su apetito por las armas nucleares está debilitando en lugar de estar reforzando su poder, eso podría significar un gran paso adelante. O, si las molestias provocadas por las sanciones incitasen a los iraníes a rebelarse con más fuerza aún contra sus opresores, eso también podría producir un resultado positivo, tanto para los iraníes como para el resto del mundo.

¿Y qué forma deberían adoptar unas sanciones serias? Para empezar, Estados Unidos, quizá con la ayuda de algunos aliados europeos, como el presidente francés Nicolás Sarkozy, la canciller alemana Angela Merkel y el primer ministro inglés Gordon Brown –quienes han reiterado su apoyo a esta medida–, podría imponer un embargo de gasolina y otros derivados de petróleo a Irán.

Sólo unas cuantas compañías, en su mayor parte europeas, suministran en la actualidad estos productos que Irán necesita desesperadamente porque, aunque es un importante productor de petróleo, ha construido pocas refinerías de petróleo. Las navieras, los bancos y las compañías de seguros también podrían desanimarse a seguir tomando parte en este negocio. La legislación para lograr tales resultados, por ejemplo, el anteproyecto de Ley Sanciones al Petróleo Refinado para Irán tiene un fuerte apoyo bipartito: tres cuartas partes la respaldan tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes.

James Woolsey, ex director de CIA durante el mandato del presidente Clinton, ha sugerido además que la Casa Blanca y el Congreso deberían aclarar que de ahora en adelante "cualquier compañía que haga cualquier clase de negocios con una entidad iraní –no sólo con la Guardia Revolucionaria o con compañías de petróleo y gas, sino con cualquier entidad– no podrá hacer negocios con el Gobierno de Estados Unidos".

La cuestión del tiempo es primordial: los gobernantes de Irán ya están conspirando con autócratas antiamericanos –en Rusia, China, Venezuela y Turkmenistán, por ejemplo– buscando formas de romper tal embargo, si se diera. 

Hay asesores que le están aconsejando al presidente Obama que esa presión sólo servirá para contrariar a los gobernantes de Irán, que, según insisten los asesores, tienen quejas legítimas contra Estados Unidos y que en realidad los iraníes sólo buscan respeto y están ansiosos por entablar diálogo, acuerdos y cooperación. Requiere mucha indulgencia no considerar a estos asesores como gente irremediablemente ingenuos con respecto a Irán, dados los repetidos intentos de engaño por parte de los iraníes en el tema nuclear; sus elecciones fraudulentas y la opresión brutal contra los que protestan; la potenciación de Hizbolá en el Líbano; el uso de armas iraníes y quizá hasta de operativos para matar americanos en Irak, Afganistán y, antes de eso, en el Líbano y Arabia Saudí; la negación del Holocausto y las amenazas genocidas. 

Otros argumentan que sólo la fuerza bruta será efectiva, que los gobernantes de Irán resistirán la presión económica, por muy paralizante que ésta sea, para así conseguir armas de destrucción masiva que Irán pueda utilizar como herramienta de intimidación... o para incinerar a los que consideren enemigos de Dios. Estos asesores creen que es demasiado tarde para que las sanciones funcionen.

Pero, ¿por qué no probar esa teoría –y pronto– ya que Irán está a punto de alcanzar la línea de meta? Si las sanciones demuestran ser ineficaces, por lo menos sabremos con seguridad que sólo nos quedan dos opciones. La primera es mala: el uso de fuerza por Estados Unidos o, más probablemente, Israel. La segunda es peor: mirar pasivamente como por segunda vez en menos de cien años tiranos fanáticos y despiadados adquieren capacidades que les permitan convertir en realidad sus explícitas intenciones.

©2009 Scripps Howard News Service
©2009 Traducido por Miryam Lindberg

©2010 Scripps Howard News Service
©2010 Traducido por Miryam Lindberg

Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias, institución investigadora dedicada al estudio del terrorismo

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