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Carta a mi hermano Gregorio

Tu hijo personifica los valores por los que diste la vida, valores que el PP no ha querido o sabido mantener, salvo honrosas excepciones.

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Querido hermano,

Hoy he decidido escribirte todo lo que te cuento a diario sin palabras. Mañana se cumplen 20 años desde que un desalmado te disparó en la cabeza mientras comías en San Sebastián, tu ciudad y la de tanta gente de bien a la que te propusiste defender del fanatismo nacionalista de ETA y sus amigos. En casa estamos todos bien. Mamá y yo seguimos discutiendo a veces, como cuando tú nos oías. ¿Te acuerdas? Pero eso, bien lo sabes tú, siempre ha sido síntoma de vitalidad en casa de los Ordóñez. Tu mujer, Ana, sigue siendo la mujer valiente con la que te casaste, una madre coraje y una persona libre, incansable en la defensa de la dignidad y de la verdad. De tu hijo… Qué te voy a contar... Te veo en él.

Veo en él el tono reivindicativo que te hizo único, la perseverancia en la búsqueda de la justicia que te distinguió del resto y la claridad y transparencia que te empujaron a no callarte aun a riesgo de que te mataran. Hace no mucho le escuché hablar de ti y terminé de cerciorarme. No te dejaron conocer a tu hijo, pero desde la distancia has conseguido transmitirle valores que, desgraciadamente, nos siguen haciendo mucha falta. Valores como lealtad, dignidad o sinceridad. Valores que el partido por el que diste la vida no ha querido o no ha sabido mantener entre sus dirigentes salvo en honrosas y tristemente aisladas ocasiones.

Hace un año, en el cementerio de Polloe, pronuncié un discurso en el que entoné argumentos tuyos, frases pronunciadas por ti y por compañeros tuyos. Incluso por quien hoy es presidente del Gobierno. Hace unos días, miembros de tu propio partido expusieron públicamente que aquel discurso estuvo plagado de críticas "duras e injustas"... Si por tus palabras te asesinaron, ¿cómo voy yo a no recordar tu legado? Lo haré hasta que se me quiebre la voz.

Me gustaría contarte que tu hijo, Ana, mamá y yo vivimos en un país en el que no hay cabida para fanáticos. Pero no puedo mentirte. Nunca lo hice. Me gustaría contarte que en Euskadi no hay lugar para terroristas orgullosos de serlo y para pistoleros verbales -así los llamadas tú- que siguen defendiendo que ETA es un movimiento de liberación nacional que respondió a una agresión del Estado opresor, algo que, según cuentan, justifica el tiro en la cabeza que te dieron a ti. Pero no puedo mentirte.

Han pasado 20 años y sigue pareciendo que fue ayer. Lo sigue pareciendo porque después de dos décadas aún mandan fanáticos en la ciudad que tanto amabas, por la que tanto te sacrificaste, por la que tanto diste. No están debajo de los pasamontañas o quemando contenedores. Hoy, los que te dispararon por la espalda ocupan tu despacho en el Ayuntamiento de San Sebastián. Sí, Goyo. Hoy es legal hacer política desde la justificación de brutales asesinatos.

Aquellos a los que tú señalaste como etarras fueron ilegalizados. La Justicia logró probarlo. Tenías razón. Los ilegalizaron, pasaron la travesía del desierto, la más dura, y hubo un tiempo en el que nadie alababa a ETA desde las instituciones públicas. Pero no puedo mentirte. La situación volvió a cambiar. Ahora ETA ya no mata. Ahora es la izquierda abertzale la que, con el beneplácito de quienes deberían defendernos de la indignidad, te remata a ti y a cientos de inocentes alabando lo que te hicieron, lo que os hicieron.

En San Sebastián ocupan tu despacho. Y en el Parlamento, tu escaño. La última incorporación se llama Iker Casanova y el aval con el que ha conseguido ser parlamentario de la izquierda abertzale, su único mérito, es haber sido miembro condenado de ETA. Una vez dijiste que era impensable que un país digno pagase los servicios prestados de un terrorista dándole un trabajo en la Administración Pública a la salida de prisión. Siento decirte, hermano, que hemos retrocedido. Ahora les hacen diputados.

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