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Columna publicada el 14-03-2004
Ganen o pierdan las elecciones, los dirigentes del PSOE y sus amigos y socios nacionalistas tendrán que llevar para siempre el estigma de haberse servido de las doscientas víctimas a las que honraba el viernes toda España, para intentar inclinar a su favor la balanza electoral. No les importará mucho a quienes de entre ellos sólo ambicionan el poder. Para ese género, el fin siempre justifica los medios. Además, han estado entrenándose un año y pico en la misma y macabra táctica: cargarle los muertos al partido en el gobierno. Los muertos y las catástrofes. Una parte de la población les ha seguido, encantada de encontrar chivos expiatorios que fueran de derechas. Y ahora no se han parado en barras. Nunca habían dispuesto de tal montón de cadáveres para sembrar la cizaña y azuzar el voto del odio y el miedo, y lo han hecho.
La gente de izquierdas y nacionalista, bajo la guía del conglomerado político-mediático que ha tomado sus riendas, se ha deslizado por tal pendiente moral que cuando parecía que era ETA la autora de la masacre estaba medrosa y prudente, y cuando ha podido conectarla con el apoyo del gobierno a la intervención en Irak, se ha puesto a dar saltos. Sus dirigentes se apresuraron entonces a extraerle al atentado todos los “beneficios” que objetivamente les ofrece, que no son pocos. Culpabilizar al PP de la masacre se convirtió en la consigna central de la que era jornada de reflexión, pero fue de agitación y propaganda. Poco respetaron “la unidad de los demócratas” que sus jefes habían predicado para la galería.
Oriana Fallaci decía en La rabia y el orgullo que en Estados Unidos, el 11-S unió a todos contra el terrorismo y alrededor de su presidente, pero que en Europa, a un atentado así, seguiría el enfrentamiento, la riña y el navajeo. Fallaci no andaba muy errada. Los españoles respondimos unidos, en la calle, con tremenda indignación, a la masacre de Madrid. Pero con nosotros también iban los expertos en demagogia y manipulación, que han alimentado en su tribu un odio al PP mil veces superior al odio que dicen sentir por los terroristas.
Los mismos que acaban de acusar al gobierno de mentir sobre el atentado, casi beatifican a ETA, y culpan a Aznar, una vez más, de los muertos, son los que un rato antes pedían histéricos que no se utilizara electoralmente el atentado, ni la reunión de Carod con la ETA ni la detención de los de la furgoneta llena de explosivos. El terrorismo, decían, debía quedar al margen de la contienda electoral. No han resistido ni unas horas la tentación de arrojarle los cadáveres al PP.
En el año 2000, la campaña electoral concluyó con una frase pronunciada por un periodista, compendio del pensamiento de nuestra intelligentsia de izquierdas: votar al PP era votar a los asesinos de García Lorca. En el 2004, la izquierda y los nacionalistas, tal vez porque la muerte ha acompañado tanto a sus ideologías, se han engolfado de nuevo en la sangre.

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