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Columna publicada el 19-06-2005
El secretario de Organización del PSOE, conocido como el hombre de la caspa a falta de otros atributos, pensaba tomar un avión para celebrar en Galicia no la victoria de su partido, que tanto no podía esperar, pero sí la realización de un deseo: el de echar al PP del poder y más que al PP, a Fraga. Ese don Manuel que en el poco refinado verbo de José Blanco, era un “incapacitado”. Pues bien, el presunto incapacitado no sólo ha vuelto a ganar, como estaba cantado, pese a sus cuatro legislaturas, a sus 82 años y a Blanco, sino que está a un escaño de la mayoría absoluta y casi trece puntos porcentuales por encima del partido que organiza el que nunca llegó a ser concejal. El cual debería, por respeto a ese 45 por ciento de electores gallegos que sigue confiando en Fraga, preguntarse por sus propias incapacidades.
El caso es que Blanco no tomó el avión y se quedó sin abrir el Ribeiro o el Albariño afrutado, a más de la boca, que prudentemente, por una vez, cerró. Y el caso es también que las elecciones gallegas no se solventarán hasta que se conozca, dentro de una semana, el voto de la emigración. Galicia, que siempre ha mirado al otro lado del charco, ahora está pendiente para su gobierno de lo que digan esos otros gallegos que andan por el mundo. Un escaño está en juego y es el decisivo.
Aun a la espera de ese final, lo que no se ha visto por ninguna parte es esa “amplia mayoría a favor del cambio” con la que soñaban los socialistas, dijera lo que dijera Touriño en la noche electoral para animar a la hinchada. El PP gallego es un hueso duro de roer. Incluso en las circunstancias más favorables para la oposición, con el desgaste de cuatro legislaturas sobre las espaldas de Fraga, el deseo mayoritario de que hubiera otro candidato, el tirón que ejerce a favor del PSOE el hecho de que tiene el poder en Madrid, y tantos otros factores, los anzuelos del “móvome” y del “país novo” no han sacado una gran pesca. Y en el caso de que el PP no consiguiera ese escaño, la coalición BNG-PSOE, de por sí complicada, gobernaría con una legitimidad política precaria y una fortísima oposición.
El batacazo de los bloqueiros señala hacia otra conclusión de estos comicios: Galicia no está por embarcarse en el proyecto de alianzas estratégicas entre el socialismo y el nacionalismo que promueve ZP. La mayoría de los gallegos no desean que su región se suma en el onanismo identitario que aqueja a otras comunidades autónomas. Sin embargo, una coalición conduciría a ello, pues si el BNG tiene la llave, va a imponer sus condiciones. Ya ha anunciado que en la reforma del Estatuto querrá que se defina a Galicia como “nación”. Y esa no sería sino la punta del iceberg.
Cristina Losada es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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