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Caperucito en Manhattan

El presidente de la Generalidad catalana anda estos días por Estados Unidos, y no, o no únicamente, como un turista accidental.

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EFE

El presidente de la Generalidad catalana anda estos días por Estados Unidos, y no, o no únicamente, como un turista accidental. Su propósito es recabar apoyos para el procés y, en todo caso, hacer como que los obtiene. Alguna breva siempre cae, más si ya estaba madura. Así, un congresista republicano de California, Dana Rohrabacher, que había manifestado su simpatía por la causa cuando aquellas plebiscitarias de 2015 que luego dejaron de serlo, ha vuelto a manifestarla. No obstante, por escasos que parezcan los resultados de la visita de Carles Puigdemont, sería un error despreciarlos por insignificantes, cruzarse de brazos o enviar a replicarle a alguien mal provisto de argumentos, que son las tres cosas que han venido haciendo los Gobiernos de España.

No he podido oír toda la charla que dio Puigdemont en el Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard, en la que pintó a España como un país atrasado, sino sólo unos minutos en los que habló de los Estados Unidos. Lo hizo, hay que decir, con enorme respeto, con un tono de voz bajo, como un hombre civilizado, algo que contrasta mucho con el tono y las maneras que gastan los dirigentes de la antigua Convergència cuando hablan aquí de su libro. Es bueno saber que son capaces de hablar como personas educadas. Pero el tono no salva el fondo. Decir, por ejemplo, que "nuestra lucha es un reflejo de la lucha por los derechos civiles estadounidenses" se ajusta tan poco a la verdad que hay que tener mucho descaro para sostenerlo.

Puigdemont quiso elogiar la Constitución de los Estados Unidos para desacreditar a la española y con esa intención destacó que la primera se ha enmendado en veintisiete ocasiones a fin de adaptarla a los nuevos tiempos. Lo que no dijo es que la Constitución estadounidense tiene la provecta edad de 228 años, período que relativiza un tanto la frecuencia reformista. Veintisiete enmiendas en todo ese tiempo –once de ellas ratificadas en sus primeros seis años de vida– no muestran un vertiginoso afán de cambio. La Constitución de los Estados Unidos, que consta de siete artículos (el estatuto de autonomía de Cataluña tiene 223), no se actualiza, digamos, al ritmo del software de nuestros ordenadores. Al contrario, es un sistema constitucional que se reforma más bien con cuentagotas. En cualquier caso, los separatistas catalanes nunca quisieron ir por esa vía, la de la reforma de la Carta Magna.

Imagino que Puigdemont no pronunció la palabra secesión en aquella charla ni lo hará en otras que tenga en Estados Unidos. Los EEUU son uno de los países, uno de los muchos, de la mayoría, que no tienen a bien aceptar que una parte de su territorio pueda separarse y constituirse en un Estado soberano como si nada. Hubo un intento, que el presidente catalán conocerá, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Lincoln. Once estados del Sur proclamaron su secesión y el presidente Lincoln no la reconoció y la declaró ilegal. Aquello acabó mal, con una guerra. Después, una sentencia del Tribunal Supremo, a cuenta de los bonos emitidos por el gobierno confederado de Texas, dictaminó: "La Constitución, en todas sus provisiones, vela por una unión indestructible compuesta por estados indestructibles". Unión indestructible no suena a aceptación de procesos separatistas.

El presidente catalán se ha presentado en Estados Unidos como un inocente Caperucito con buenos modales y perfectísima voluntad democrática a los que España responde como un grosero y agresivo lobo feroz. Es un cuento que ya conocemos, pero otros, en otros países, no tienen por qué estar al cabo de la calle. Un día de estos, algún representante del Gobierno se dignará a explicar, fuera de España, en cuánto difieren de la verdad los relatos de los independentistas catalanes.

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