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Cataluña no es una nación (y Escocia tampoco)

También en Escocia la identidad nacional es fruto de una invención retrospectiva.

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El nacionalismo catalán desea unir su destino al del nacionalismo de Escocia. Así lo indica que la consulta sobre la secesión, según negocian CiU y Esquerra, vaya a convocarse de cualquier modo y manera en 2014, el año en que está previsto un referéndum sobre la independencia escocesa. La lógica política del calendario es ésta: los nacionalistas catalanes podrán contraponer entonces las actitudes de los Gobiernos español y británico. Ahora mismo, podemos anticipar qué dirán cuando el mundo esté observando esos dos acontecimientos históricos. No hace falta bola de cristal, basta reordenar sus viejos tópicos, que son fondo de armario. Su petite robe noire igual sirve para un alboroto porque se pretende introducir un poquito de español en las aulas, que vale, con un toque de bisutería, para un tremendo melodrama cuando se impida la consulta.

Si Artur Mas sigue de president en 2014, que habrá que verlo, y convoca el gran butifarrendum, que será cosa de ver, dirá que mientras el Reino Unido permite que el pueblo escocés decida libremente, España demuestra, ¡otra vez!, que es una "cárcel de pueblos". Dirá que los británicos dan prueba de su proverbial respeto a la democracia y los españoles ratifican su innato autoritarismo. Dirá que los primeros encarnan el mejor espíritu europeo y los segundos representan la escoria franquista. Y así, ad nauseam. Los convergentes habrán pensado que es de gran astucia política forzar esa coincidencia por la proyección internacional y por renovar, en el frente interno, el ciclo de victimismo y resentimiento. Pero, ay, todo este artificio dependerá de Salmond, y yo no apuesto hoy una libra a que el líder escocés convoca el referéndum sí o sí, aunque lo vaya a perder, como vaticinan implacables los sondeos.

No hay duda, sin embargo, de que el nacionalismo catalán elige a un digno compañero de viaje, uno que se asienta en el piélago de falsificaciones conocido como "la larga cadena de los errores en la historia de Escocia". También allí la identidad nacional es fruto de una invención retrospectiva. Échese un vistazo a La invención de la tradición, el ensayo de Hugh Trevor-Roper, para divertirse leyendo cómo las Highlands se transformaron en la nación celta escocesa por obra de un puñado de "insolentes farsantes" y otro de románticos iluminados. Hasta el kilt, la célebre falda, es una tradición fraudulenta: la inventó un empresario cuáquero y se salvó de desaparecer por la intervención de un hombre de Estado inglés imperialista que formó –y vistió– los regimientos highlanders. En fin, tantas son las cosas que tienen en común, que no me extraña que el nacionalismo catalán una su destino al escocés. Tal para cual. 

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